ECO Salud Mental : BLOG

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El final del verano llegó y...

Escrito por ecopsicoterapia 09-10-2018 en Psicología de la Salud. Comentarios (0)

¡Qué frase tan evocadora para todos nosotros! Según la generación a la que pertenezcamos podrá traernos a la memoria diferentes momentos, sensaciones e incluso canciones conocidas. A pesar de ello a todos nos recuerda una cosa en común, y de gran importancia, significa el reencuentro con las responsabilidades cotidianas, las rutinas diarias, el comienzo de las jornadas laborales y en el caso de tener hijos y/o hijas, el compaginar diario de la vida laboral con la familiar. Y cómo no, la famosa vuelta al cole.

Como pueden ver para todas las generaciones implica un cambio importante. Los más pequeños se enfrentan a nuevos retos académicos y en las relaciones con sus iguales y los mayores a intentar acompañarlos en esa difícil tarea de crecer y evolucionar, compaginándolo con nuestros propios cambios personales y laborales.

Es una transición que puede suponer un esfuerzo físico, mental y emocional. De ahí que en alguna ocasión hayamos oído a hablar del “Síndrome postvacacional”, erróneamente denominado por algunos Depresión postvacacional. La mayoría sabemos, o al menos, nos suena a qué nos estamos refiriendo. Como su propio nombre indica, no se trata de una enfermedad ni de un trastorno en sí, más bien es un período de adaptación a todos los niveles de las personas que lo experimentan y no suele durar más de dos semanas, dependiendo de cada uno. Se caracteriza por presentar una serie de síntomas: apatía, desgana, pereza, baja energía, desmotivación, irritabilidad, tristeza, insomnio.

La cuestión es que se experimenta cierta añoranza o nostalgia por las experiencias vividas durante el período de vacaciones, aunque simplemente haya sido estar sentado o sentada tranquilamente en el sofá de tu casa viendo una película o una serie con tu pareja, con un amigo o una amiga, o en soledad (que también se agradece en ocasiones). Sin pensar o estar pendientes de lo que queda por hacer o la hora que es, o de una serie de “tener que” o “deberes”,  dado que nos permitimos una mayor libertad e incluso cierta anarquía en cuanto a hábitos de alimentación, de horarios, de comportamientos más relacionados con el día a día del resto del año. 

Esto no quiere decir que le pase al cien por cien de la población. No todos sufren esta sintomatología previamente a afrontar la rutina diaria. Una posible explicación sería que en determinadas personas detrás de este malestar pueden estar actuando una serie de conflictos no resueltos que saben que estarán aún ahí, esperándoles a la vuelta del período vacacional. Esto puede estar haciendo que nos sintamos estresados, ansiosos porque nos faltan los recursos, las habilidades o las estrategias para poder resolverlos y/o afrontarlos. En este sentido, ya no estaríamos hablando únicamente de la incorporación al ámbito laboral. De cualquier modo, es un buen momento para intentar ver nuestra vida en general, de forma más objetiva y detectar aquellas situaciones en las que no estamos a gusto, no estamos conformes o simplemente nos gustaría cambiar, para ponerles remedio.

La mejor manera para afrontar este período y no caer en estos síntomas sería prestar atención a cómo nos encontramos nosotros mismos con estos cambios, dónde lo notamos, en qué parte de nuestro cuerpo (físicamente), si estamos de peor humor o más irritables, si tenemos menos paciencia de lo habitual (emocionalmente), si posponemos hasta el último momento el preparar determinadas cosas que puedan ser necesarias para la reinserción a las rutinas diarias (mentalmente). Es aquí cuando debemos hacer un alto y poner énfasis en pensar y recrear aquellos aspectos positivos que pueden encontrarse en volver a empezar, como por ejemplo el simple hecho de tener un trabajo al que acudir, el reencuentro con los compañeros y compañeras de cualquier entorno, esos pequeños momentos de compartir un café, el poder contarse unos a otros lo que han hecho durante las vacaciones, anécdotas familiares, en conclusión apoyarse y compartir unos con otros.

¿Y qué pasa con los más pequeños? ¿Cómo pueden ellos estar viviendo este período de adaptación?  ¿Cómo podemos ayudarles?

Teniendo en cuenta que en el caso de los niños el período vacacional suele ser mayor que el de los padres, sería lógico pensar que ellos también pueden experimentar esta serie de síntomas relacionados con el final de las vacaciones de verano y sus consiguientes cambios: la vuelta al colegio, a los horarios y a las rutinas de comidas y sueño (en aquellos casos en los que se hayan cambiado).  Así y todo tampoco les sucede a todos los niños. Esto va a depender en gran medida de cómo los adultos que estemos a su alrededor afrontemos y manejemos esta situación. Nosotros somos en todo momento un ejemplo a seguir por nuestros hijos y esto es válido y extensible a cualquier tipo de comportamiento. Por lo tanto, si les transmitimos esta transición con normalidad ellos podrán vivirlo de la misma manera.

La clave está en que el regreso a las rutinas diarias se haga de forma gradual. Por eso es importante, planificar la vuelta a casa al menos una semana antes del comienzo de la escuela y del trabajo. Y si alguno tiene la posibilidad de organizar su incorporación laboral unos días después de que lo hagan los niños, lo agradecerán. Así, si la adaptación a las rutinas de sueño y de alimentación se lleva a cabo progresivamente, tanto a ellos como a nosotros  nos resultará más tolerable esta etapa.  Con tener tardes de parques y/o cualquier otro deporte, que les haga llegar con ganas de coger la cama e ir adelantando 10 minutos cada día la hora de acostarse, será más práctico y a penas notarán el cambio. Sin olvidar lo importante de añadir o mantener los rituales y hábitos que lleven aparejados el momento de irse a dormir. En este sentido, cada padre sabrá lo que mejor les funciona dependiendo de sus costumbres y de la edad de su hijo (un vaso de leche calentita antes de dormir, un cuento, el osito o la almohadita, una canción, etc.).

También sería aconsejable prepararles para los posibles cambios o novedades que puedan darse en su incorporación al mundo escolar. Por un lado, el simple hecho de hablarles sobre éstos con antelación y mostrando una actitud positiva, les proporcionará el medio para compartir sus miedos e inquietudes, por lo que hará que disminuya su nivel de ansiedad e incertidumbre. Por otro, les motivará y dará mayor seguridad si los hacemos partícipes de los preparativos previos (uniformes o ropa que van a usar, material escolar, mochilas, talegas o merenderos, etc.) y el quedar o hacer alguna actividad con amigos y amigas del cole antes de comenzar sería una forma de que experimenten positivamente ese reencuentro con sus compañeros.

En resumidas cuentas, utilizar el tiempo a nuestro favor y no en contra. Planificar y organizar, en la medida de lo posible y de forma flexible, distintas actividades de ocio y disfrute junto a las personas que queremos, con las que compartimos tanto momentos placenteros y de desconexión como momentos de “obligaciones” y rutinas diarias. No es necesario esperar a tener vacaciones para hacer aquello que queremos o nos gusta, siendo realistas y teniendo en cuenta nuestras posibilidades. Podríamos plantearnos salidas, quedadas y/o escapadas, aunque más cortas, más a menudo. Seamos creativos, lo cual a los niños no les suele costar, impliquémoslos en ello,  y así será  más llevadero para todos. Estar más pendientes de nuestros “quereres” no implica necesariamente dejar de lado nuestros “deberes”.

Tamara Zorrilla García, Psicóloga

Quiérete como eres

Escrito por ecopsicoterapia 08-07-2018 en Psicología de la Salud. Comentarios (0)

Los cánones de belleza han ido cambiando a lo largo de la historia, los egipcios ya se maquillaban, aunque no fuera sólo por estética, sino también para proteger la piel del sol y ahuyentar a los insectos. El famoso khol, un polvo para pintarse los ojos, no sólo servía para embellecer el ojo, también como colirio además de antiséptico, se llenaban de joyas y prendas esplendorosas con las que además eran embalsamados. En la edad media empieza la idea de “la belleza está en el interior”, ésta era explicada por la espiritualidad de las personas, la ausencia de maquillaje destacaba en esa época pues el ser humano había sido creado a imagen y semejanza de Dios. La mujer ideal era aquella de piel blanca, melena larga y rubia recogidas en moños. En el siglo X, en Japón, estaban de moda las mujeres de estatura pequeña, tez blanca, pelo negro, cintura de avispa, y cultivadas en el intelecto. No obstante, se instauró la práctica del Ohaguro, esto es, pintarse los dientes de negro con una mezcla hecha de limón y limaduras de hierro (una especie de polvo oscuro y brillante). La belleza del Renacimiento, se caracterizaba por aquella mujer de tez blanca como en la edad media, pero su figura era más redondeada, manos y pies pequeños, con las caderas también redondeadas, pero esta vez sutilmente maquilladas, lo suficiente para demostrar un aspecto joven y saludable. Situándonos ahora en el Barroco, se hace protagonista a las pelucas, usados tanto por mujeres como por hombres, se maquillaban con polvos blancos en la cara y el cuerpo, y empieza el uso molesto de los corsés. A las mujeres les gustaba tener una piel blanca, cinturas estrechas y una frente muy redonda, para lograr esto último se afeitaban las entradas del vello de la cara (entre otras cosas que ahora asumiríamos como barbaridades). En la época victoriana comenzó con la figura de las llamadas “ayunadoras”, quienes decían no comer ni beber nada. Se las denominan “las divinas” por esta supuesta falta de necesidad de comer, algo impensable (y prácticamente imposible) en un ser humano. Por ello solían estar envueltas en una atmósfera divina incluso de cierta admiración. Una de las figuras más conocidas de este “movimiento” fue Molly Fanhcer, pues decía haber estado catorce años sin comer. Un ejemplo quizás más claro sería el de la imagen que se tenía hace unos años de las personas con una piel más morena asociado a la clase obrera en comparación a hoy día, donde se busca una piel bronceada, no únicamente a través del sol (cosa que de manera controlada y protegida es conveniente por la vitamina d) su exceso conlleva a enfermedades como los carcinomas de piel, entre otras.

El concepto de belleza va cambiando a lo largo de los años como hemos ido observando con el repaso de la historia. Ahora tenemos el concepto de body positive de la mano de una de las más famosas en este movimiento “Ashley Graham” siendo modelo de tallas grandes de revistas prestigiosas, su labor como influencia pública ha ido desde charlas en colegios sobre la imagen corporal y la aceptación del cuerpo, siendo defensora del movimiento «Health at Every Size» entre otras actividades y conferencias que ha ido realizando a lo largo de su trayectoria. Otros personajes de televisión como la empresaria Kim Kardashian u otras celebridades, quienes hacen énfasis en cinturas de avispa, traseros y pechos voluptuosos (generalmente propiciado por cirujanos especialistas). Las cirugías o retoques estéticos están a la orden del día, para “mejorar” nuestro físico, aunque centrado en lo puramente considerado estético. Nuestro cuerpo es nuestra maquinaria para funcionar en la vida, por lo que considero que sería más adecuado centrarnos en la salud mental, emocional y física. Debemos tener en cuenta que la moda cambia con el paso del tiempo, y seguirá cambiando, por lo que será más importante centrarnos en queremos y respetarnos como somos, este es un trabajo que no se solventa con operaciones, sino una labor concienzuda de mejora de la autoestima a lo largo de nuestra vida.

El body positive visto desde Chessie King una modelo que no es “plus size”. Ella es una chica de 24 años que empezó su carrera como modelo fitness, siendo muy joven adelgazó mucho, con dietas y ejercicio estricto para lograr su meta, su descripción hoy en día dice así “helping you find body confidence”. Actualmente, es una gran influencia sobre el movimiento mencionado anteriormente “body positive”. En las redes sociales ella trata de mostrar un estilo de vida saludable, haciendo hincapié en que la belleza no es sinónimo de estar delgada, sino en cuidarse por dentro y aceptarte con tus estrías, piel de naranja… Y cómo ella ahora es feliz sin necesidad de recurrir a una pesa cada cierto tiempo.


Hoy día las redes sociales la cual considero un arma de doble filo, es lo que más está marcando nuestra sociedad sobre todo a la juventud; quien tenga mejor cuerpo, quien vista mejores prendas de ropa, va a ser quien más seguidores tenga, como si esto fuera sinónimo de riqueza personal y probablemente no será la persona que más felicidad alberga en su ser. Muchas veces son los prejuicios hacia los otros lo que salvaguardan nuestra autoimagen, se ha demostrado que quienes tenían una autoimagen negativa de sí mismos eran más propensos a evaluar al resto negativamente y era así como recuperaban su autoestima. Prioriza lo que se ve, lo que muestra la superficialidad hecha foto antes de valorar lo que sentimos y lo que somos. Cuida tu interior y cuando enfoques la cámara, busca la belleza más allá de lo puramente físico, “enfoca hacia otro lado”. Pero, ¿quien nos dice lo que es bello o lo que no?¿Está la autoestima relacionada con el físico? Probablemente si está relacionada con todo esto pero existen otros factores que hacen mella en la misma. La imagen corporal suele tener un impacto muy importante sobre la autoestima más aún cuando nos referimos a los niños y adolescentes, momento en el que se empiezan a crear las relaciones interpersonales, la visión del otro, el juzgar de forma improductiva… Incluso cuando somos adultos, nos sentimos afectados por lo críticos que somos con nosotros mismos quebrando así nuestra autoestima, aunque en este caso la afectación psicológica no es tanto como en los más jóvenes, donde algunos cambios en el físico pueden llegar a afectar a la salud en mayor proporción que en los adultos. Pero para esto, debemos de cuidar y educar desde la primera infancia, los más pequeños retienen mucha información del exterior que les transmitimos, incluso indirectamente, mediante el aprendizaje vicario (por observación).

Vernos bonitas, sentirnos bellas por dentro y por fuera es algo que debemos de trabajar, no tanto con la comparación y hacer lo que hace el resto, sino desde dentro, cuidando nuestra mente y siendo fieles a nuestros valores; Tratando de no ser tan destructivo/a con las palabras que te diriges a ti mismo/a, y cambiando ciertos aspectos de tu físico que más te incomoden (si lo necesitas y deseas) y siempre por ti mismo/a, pues es de esta forma como podrás conseguirlo y además cuando las posibilidades de que se mantengan los cambios en el tiempo aumentan.

Quererse a uno mismo es el principio de un romance para toda la vida (Oscar Wilde)

Laura Suárez Otero, Psicóloga

Soñando dormidos

Escrito por ecopsicoterapia 19-05-2018 en Psicología reflexiva. Comentarios (0)

Soñar despiertos podría ser el eslogan de cualquier marca publicitaria, por el contrario, soñar dormidos retumba por redundante y casi por obvio. Intentemos no caer de primeras en la trampa, y permitámonos sumergirnos en el sueño como si soñásemos. La palabra “sueño” proviene del latín “sommus”, y anteriormente del griego “hypnos” que tenía su propia personificación en Hipnos. Este dios del sueño, hijo de Nix (personificación de la noche) y hermano de Tánatos (personificando la muerte no violenta) y Keres (muerte violenta), tuvo varios hijos entre ellos a Morfeo (representando a los sueños).  Podemos extraer de estas personificaciones que el sueño, los sueños, han formado parte importante de las preocupaciones y de la necesidad de explicación desde tiempos antiguos y que tiene relación con la noche y con la muerte –de hecho, hay veces que se hablaba de Hypnos y Tánatos como hermanos gemelos-. Por su parte Morfeo, hijo de Hipnos, se ha relacionado más con el propio contenido de los sueños –aunque no exclusivamente- y con su capacidad de transformación (morphe, forma), pudiendo aparecer con multitud de formas.  De esta manera se daba a entender que es diferente generar el estado de sueño (Hipnos) que tener sueños (Morfeo) y a su vez que el caer dormidos facilitaba la labor del soñar.

Hemos podido vislumbrar parte de la miga que compone el mundo del sueño, si nos llevamos las personificaciones griegas a la rica lingüística española nos encontramos que Hipnos sería el causante de caer en un estado soñoliento o somnoliento hasta dormirnos, y Morfeo el encargado del ensueño mientras se duerme (ilusión, fantasía, representación fantástica que ocurre mientras duermes). Si concebimos un hecho por error como ocurre en los sueños, pero estando despierto, hablaríamos de trasoñar por lo que parece que soñar se vincula lingüísticamente con la posibilidad de fallar o errar. Hemos llegado hasta la palabra errar, que proviene de errare, cuyo significado primario es andar errante, vagar o deambular sin rumbo.  Lo cierto es que Morfeo sí que tenía rumbo a perseguir por medio del sueño, aunque para el ensoñador fuese desconocido.

Abandonando una tendencia un tanto Junguiana, nos encontramos con las aportaciones psicopatológicas del asunto. Las alteraciones del sueño, conforman un amplísimo grupo que pueden ser agrupados en disomnias -entendidas como problemas de inicio o mantenimiento del sueño incluyendo la somnolencia excesiva-  y las parasomnias –comportamiento o fenómenos anormales que aparecen durante el sueño-. Siendo este artículo “soñar dormidos” damos por supuesto la condición de dormidos, pero ¿qué ocurre cuando no estamos ni despiertos ni dormidos? Este estado intermedio entre la vigilia y el sueño, es una tierra con más sombras que luces, que curiosamente desde orientaciones de corte místico se le ha llamado ensueño. Desde la Psicología, por ejemplo, existen terapias como la Hipnosis o el uso del Mindfullness que describen estados mentales que difícilmente son encuadrados en la vigilia o el sueño. En métodos de privación de sueño o en los que a la persona se le despierta justo al comenzar la fase MOR (REM) se detallan percepciones alucinatorias que tienden a confundirse con sueños. Desde la Psiquiatría existen cuadros descritos de alucinaciones –similares a sueños- durante la meditación y por ejemplo en la narcolepsia se experimenta con frecuencia ensoñaciones que habitualmente desde un marco “científico” llamamos alucinaciones hipnagógicas –alucinaciones antes del inicio del sueño, entre la vigilia y el sueño-. También existen sus primas hermanas, las alucinaciones hipnagónicas –entre el sueño y la vigilia-, pero ¿qué diferencia hay entre una alucinación y un sueño?  Pues parece que habitualmente si estamos dormidos, se designa sueño, y si estamos despiertos ya comienza a tener ciertos tintes alucinatorios (para el observador, al menos). Es tentador generar la hipótesis que los sueños puedan estar enmarcados en un estado entre la vigilia y el sueño –dormidos-, o que al menos este estado potencia la posibilidad de aparición de sueños… ¿Tendrá la biología algo que decir al respecto?

  Los estadios del sueño se dividen en dos etapas: NMOR (NO REM, de las siglas en inglés de Movimiento Oculares Rápidos) y MOR. La etapa NMOR se divide a su vez en tres o cuatro fases (según autores), el estadio MOR no posee otras divisiones. Los sueños se encuentran con mucha mayor frecuencia en la fase MOR, aunque ya en la última fase del sueño NMOR se pueden encontrar. Por tanto, para el presente artículo, nos va a interesar conocer algo mejor la fase MOR, por su estrecha relación con los sueños. El sueño de ondas rápidas (o MOR) se caracteriza por la fuerte disminución del tono muscular, el aumento de la actividad fisiológica y los característicos movimientos oculares rápidos que dan nombre al estadio. El tronco cerebral bloquea las neuronas motrices, pero nuestro cerebro está “despierto”, por lo que si todo marcha bien impide que recreemos conductualmente nuestros sueños. Se ha relacionado esta etapa con la consolidación de la memoria, con la maduración cerebral y con intrincados mecanismos de neurotransmisión y hormonales. Las relaciones de estas cuestiones sobre determinadas patologías, teorías evolutivas sobre el desarrollo cerebral o la mejora en el aprendizaje son muy numerosas, la importancia del sueño no deja indiferente a nadie. Para el caso que nos ocupa, por ejemplo, encajaría con el hecho de que a medida que cumplimos años el sueño MOR está menos presente y a su vez con la mayor prevalencia de los sueños –y sus trastornos- en etapas como la infancia y la adolescencia. Desde la neurofisiología se remarca la tendencia a pensar que para el cerebro las imágenes producidas en los sueños son reales ya que se emula una actividad cerebral propia del procesamiento en vigilia. Se puede hablar con alguna seguridad de la importancia de los sueños en el procesamiento y consolidación de información del día, en eventos almacenados en la memoria y sus posibles soluciones, en el mantenimiento de estimulación cerebral mientras se descasa o en la elaboración de nuevas conexiones neuronales. Esto último resulta relevante, pues se aprecia con cierta facilidad que los sueños no siguen habitualmente la misma lógica que empleamos en vigilia, nuestra lógica habitual se ha visto restringida dando lugar a un nuevo tipo de pensamiento. Nuestro cerebro no está dormido, podríamos asegurar que casi está despierto, pero tampoco termina de funcionar de la misma manera, lo cual puede llevarnos a pensar en lo creativos que podemos llegar a ser mientras soñamos.

¿Y cómo vivencia el ensoñador sus sueños? Porque a lo largo del presente artículo siento que el sujeto soñador se ha visto borrado en cierta medida, ¿hablamos de sueños o del que sueña?

Dentro de las perspectivas terapéuticas, el sueño se ha entendido con mayor frecuencia como: a) significado oculto que ha de descubrirse, b) carentes de significado, son productos desechables cuya función es otra secundaria y c) contenido caótico carente de significado durante el sueño, y que a posteriori –en vigilia- por intolerancia al caos se le da una explicación. Pero ¿el ensoñador no es el que vive el sueño? El sueño puede tener multitud de interpretaciones por parte del ensoñador, con mayor frecuencia suelo escuchar la vivencia del sueño como: a) elemento premonitorio, b) intrusivo o desagradable, c) carente de sentido o sin importancia, d) deseos o miedos tanto integrados como percibidos de material inconsciente, o e) revivencia de una experiencia pasada.  Tomemos el camino que prefiramos, incluso aquellas teorías más extravagantes que entienden el sueño como elemento introducido desde el exterior, lo que es innegable es que el sueño tiene que ver con nosotros. Ese material mostrado en el sueño, ya forma parte de nosotros desde que se mostró –y probablemente mucho antes- aunque no siempre se haya integrado con comodidad. Sea cual sea la perspectiva ¿por qué no abogar por su integración?

En muchas ocasiones percibimos el soñar despiertos como un acto voluntario en el que imaginamos escenarios o situaciones deseables que son agradables, mientras que cuando soñamos dormidos parece que perdemos el control sobre el contenido de los mismos. Es frecuente ver como, entre los pacientes, lo ilógico y caótico -que es propio del sueño- se percibe como síntoma de estar “loco” o enfermo.  Los sueños tienen otras reglas, se encuentran en otro estado y no es indicativo de una salud mental deteriorada que estos sean extravagantes o carentes de un sentido aparentemente racional. Como hemos podido ver, los sueños forman parte de nosotros y podríamos casi afirmar que hasta son positivos, el cómo se integren después de haberlos soñado es lo que, a mi juicio, puede provocar grandes beneficios para el ensoñador o suponer una verdadera angustia. Felices sueños.

Carlos Santiago López de Lamela Suárez, Psicólogo

Que no le pase a nadie más

Escrito por ecopsicoterapia 06-05-2018 en violencia de género. Comentarios (0)

Todo comienza con un “no salgas está noche con tus amigas y quédate en casa conmigo” hasta que finalmente termina alejándote de todo tu entorno, de tus amigas con las que lo compartías todo, de tus aficiones a las que tanto tiempo le has dedicado e incluso de tu familia. Frases sobre tu forma de vestir como, ¿para qué te pones esa falda? O ¿por qué te maquillas? Que pueden parecer en un principio un simple comentario al que no le das importancia y terminan convirtiéndose en exigencias y reproches que poco a poco van en aumento. Comportamientos que te alejan de la persona que eres, dejando de lado todo aquello que habías construido hasta ese momento, anulándote como mujer y como persona.

Este tipo de conductas son las que nos encontramos entre las parejas de adolescentes de hoy en día, con frases que justifican el control obsesivo y las relaciones posesivas. El mito del “amor romántico” se usa como justificación de estas conductas, permitiendo actitudes que se parecen mucho a los primeros estadios de la violencia de género. La aceptación de mitos como: “el amor verdadero lo puede todo”, percibir los celos como una muestra de “amor”, o autoengañarse con la idea de compatibilidad entre el sufrimiento/violencia y el amor, son tendencias que se ven cada vez más en edades tempranas. El dejar de hacer algo por miedo a la reacción de tu pareja es una de las señales más visibles de violencia, junto con actitudes humillantes o pequeños gestos, no siempre de manera directa, pueden llegar a confundirse como una percepción romántica de la protección y  la dominación por amor.

La violencia de género abarca todos los actos mediante los cuales se discrimina, ignora, somete y subordina a las mujeres en los diferentes aspectos de su existencia. Es todo ataque material y simbólico que afecta su libertad, dignidad, intimidad e integridad moral y/o física (Susana Velázquez, 2003).

Aparentemente es un problema que goza de gran visibilidad en nuestra sociedad, pero sigue habiendo un gran desconocimiento en edades más tempranas sobre las conductas que son o no machistas, y que pueden conllevar finalmente a la violencia de género. Muchos jóvenes no consideran que conductas como marcar la piel, ya sea por un chupetón, una mordida o moratones en los brazos tras haber estado “jugando”, es un acto de posesión, de marcar lo que es mío y que así nadie más pueda acercarse. Conductas de este tipo pasan desapercibidas entre la población adolescente, marcando un tipo de relaciones nada sanas, alejadas de todo aquello por lo que la sociedad se ha levantado y se encuentra en una lucha constante por la libertad y la eliminación de la violencia de género. 

Debemos tener en cuenta los efectos psicológicos que conllevan experimentar dichas situaciones, situaciones que en muchas ocasiones generan un gran impacto en la víctima produciendo un cambio en la persona. Los efectos dependen del tipo de violencia que sufra, de la intensidad, de la intención, pero sobre todo de las características de la víctima y del agresor. Por lo general, la victima suele presentar una personalidad muy dañada, manifestando una gran inseguridad, un autoconcepto muy pobre, con cambios en el estado de ánimo, y un alto nivel de desconfianza hacia el otro. 

Por eso desde la psicología, debemos trabajar prestando apoyo para la adquisición y recuperación de habilidades y capacidades personales que permitan la autonomía y la integración en la vida social y educativa.  El desarrollo de la regulación emocional en estos casos es fundamental, el apoyo en la familia y en círculos cercanos ayuda a que la persona crezca y genera una gran cantidad de emociones positivas, sintiéndose mejor consigo misma y ayudando a su recuperación. 

Por otro lado, el principal camino que podemos construir para acabar con la violencia de género es la prevención desde la infancia. Generar un cambio global en la forma de ver las relaciones entre mujeres y hombres, un cuestionamiento de los roles sociales y estereotipados, del lenguaje, entre otras cosas. Se deben generar cambios que deben partir desde las personas adultas y desde los medios de comunicación, y que sean transmitidos a los niños y niñas desde el colegio y desde casa, tratando así de promover cierta responsabilidad en ambos sexos con actitudes favorables para el buen desarrollo de relaciones positivas, libres e igualitarias desde la adolescencia. 

Para finalizar, hay que tener en cuenta que muchas veces no nos percatamos de que estamos siendo víctimas de un tipo de violencia que suele pasar desapercibida, un tipo de violencia que a vistas de nuestra sociedad es sorda, muda e invisible. Una violencia que se respalda en el poder, en la dominación y en la coerción, que abarca desde el menosprecio y las vejaciones verbales hasta formas más sutiles como el control de la forma de vestir, de las amistades, de las actividades sociales, y el control por parte del agresor en las redes sociales y tecnologías. El maltrato psicológico suele ser el preludio del maltrato físico, es la forma que tiene el agresor de cerciorarse de que la víctima no se volverá en su contra. Por tanto, el maltrato psicológico no es ni menos grave, ni menos alarmante, sino que debería de ser un aviso de que algo no anda bien, servirnos para darnos cuenta y que no pase a mayores consecuencias, así que no tengas miedo y ponle un fin para tener un principio.

"Las cicatrices nos recuerdan donde hemos estado, pero no nos dictan hacía donde vamos"

Nikole Sosa Dámaso, Psicóloga

Ser o no ser (neutral)

Escrito por ecopsicoterapia 24-04-2018 en Psicología reflexiva. Comentarios (0)

Es un hecho (y todos los profesionales de nuestro ámbito estarán de acuerdo conmigo) que de las habilidades más importantes como terapeutas/psicólogos están la empatía, el no juzgar y el legitimar los sentimientos y comportamientos de la otra persona que tenemos delante. Una vez aprendidas estas y otras habilidades, no por ello menos importantes, estarán inherentes en nosotros como personas. Formarán parte de nuestra forma de ser, por lo que será muy difícil separarlas de nuestra manera de relacionarnos con el resto del mundo. 

Hagamos hincapié en una de las habilidades nombradas: NO JUZGAR. En realidad, es una de las características del ser humano: el pensar y juzgar -“nuestras acciones”- es lo que nos diferencia del resto de los primates -la clave está en la palabra “nuestras”, en lugar de en las de los “demás”-. Al emitir un juicio de valor intervienen aspectos sociales y culturales que vamos aprendiendo a medida que vamos creciendo y desarrollando nuestra capacidad moral e intelectual y es lo que nos permite movernos y encajar o no en “nuestra sociedad”. En mi opinión es una de las habilidades terapéuticas más complicadas de desarrollar, dado que nosotros los psicólogos, personas al fin y al cabo, también tenemos nuestro propio sistema de valores y creencias. Con lo cual separarnos de ello en el entorno profesional se hace cuanto menos difícil. Así pues, en la medida en que somos conscientes de lo complicado que resulta el desvincularnos de nuestros prejuicios y en lugar de evitarlos los aceptamos como propios y no del otro/a, podremos reconducirlos y llegarán a aportarnos una de las mayores satisfacciones personales dentro de nuestro ejercicio profesional. 

Y ustedes se preguntarán: ¿qué tiene que ver eso con el ser o no ser (neutral)? Pues es sólo un ejemplo para desarrollar la idea principal de esta pequeña reflexión, con la que estoy segura hemos lidiado en algún momento de nuestro ejercicio como profesionales de la Psicología: “¿No juzgo cuando ejerzo mi papel de psicóloga y sí lo hago cuando no estoy en terapia?” Entendemos que con lo dicho anteriormente la neutralidad en cuanto a los juicios de valor dentro de la terapia se hace extremadamente difícil.

“La acomodación al prejuicio produce la calma de un saber rocoso, provinciano e incuestionable. Normalmente, el prejuicio no tiene conciencia de sí, no existe para el sujeto que lo porta. Resulta invisible como la misteriosa materia oscura del universo, o por el contrario, transparente, por excesivo y cotidiano y obvio. Sólo emerge, a la luz de la mirada del otro diferente. Es por tanto un hecho de naturaleza esencialmente interpersonal” (José M. Pinto, 2007). Por lo tanto, prefiero descubrirlos e identificarlos a través del otro/a, aceptarlos como míos y al exponerlos intentar que perturben lo menos posible el proceso terapéutico.

Estoy hablando de ser auténticos, ser sinceros con nosotros mismos, hablo de permitirnos a nosotros mismos ser quien somos. En este sentido, como seres humanos, es muy difícil “controlar” nuestros prejuicios durante la terapia. Es muy difícil que podamos separarnos en dos personas diferentes: la profesional psicóloga y la persona quien soy. 

La clave está en que SOY muchas cosas: mujer, nieta, hija, hermana, compañera, amiga, esposa, madre, PSICÓLOGA, mediadora, entre otros roles y papeles que desempeño en mi vida, pero ante todo “PERSONA”: con mi historia vital, mi manera del ver el mundo, mis valores y principios, ni mejores ni peores que los del resto, simplemente los míos, los que me hacen ser quien soy. Y no me levanto una mañana y como me cambio de ropa, cambio de rol, no dejo de ser madre o amiga por ser psicóloga. Todos y cada una de ellos me conforman a mí misma, mi identidad personal y profesional. Si dejara de lado alguno dejaría de ser YO. 

Ser libre. Ser… con y sin miedos. Ser imperfecta. Ser autocompasiva. Ser auténtica. Ser con el otro/a. Ser quien quiera ser cuando quiera ser.

SER PSICÓLOGA, SIENDO YO MISMA

Tamara Zorrilla García, Psicóloga