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Que no le pase a nadie más

Todo comienza con un “no salgas está noche con tus amigas y quédate en casa conmigo” hasta que finalmente termina alejándote de todo tu entorno, de tus amigas con las que lo compartías todo, de tus aficiones a las que tanto tiempo le has dedicado e incluso de tu familia. Frases sobre tu forma de vestir como, ¿para qué te pones esa falda? O ¿por qué te maquillas? Que pueden parecer en un principio un simple comentario al que no le das importancia y terminan convirtiéndose en exigencias y reproches que poco a poco van en aumento. Comportamientos que te alejan de la persona que eres, dejando de lado todo aquello que habías construido hasta ese momento, anulándote como mujer y como persona.

Este tipo de conductas son las que nos encontramos entre las parejas de adolescentes de hoy en día, con frases que justifican el control obsesivo y las relaciones posesivas. El mito del “amor romántico” se usa como justificación de estas conductas, permitiendo actitudes que se parecen mucho a los primeros estadios de la violencia de género. La aceptación de mitos como: “el amor verdadero lo puede todo”, percibir los celos como una muestra de “amor”, o autoengañarse con la idea de compatibilidad entre el sufrimiento/violencia y el amor, son tendencias que se ven cada vez más en edades tempranas. El dejar de hacer algo por miedo a la reacción de tu pareja es una de las señales más visibles de violencia, junto con actitudes humillantes o pequeños gestos, no siempre de manera directa, pueden llegar a confundirse como una percepción romántica de la protección y  la dominación por amor.

La violencia de género abarca todos los actos mediante los cuales se discrimina, ignora, somete y subordina a las mujeres en los diferentes aspectos de su existencia. Es todo ataque material y simbólico que afecta su libertad, dignidad, intimidad e integridad moral y/o física (Susana Velázquez, 2003).

Aparentemente es un problema que goza de gran visibilidad en nuestra sociedad, pero sigue habiendo un gran desconocimiento en edades más tempranas sobre las conductas que son o no machistas, y que pueden conllevar finalmente a la violencia de género. Muchos jóvenes no consideran que conductas como marcar la piel, ya sea por un chupetón, una mordida o moratones en los brazos tras haber estado “jugando”, es un acto de posesión, de marcar lo que es mío y que así nadie más pueda acercarse. Conductas de este tipo pasan desapercibidas entre la población adolescente, marcando un tipo de relaciones nada sanas, alejadas de todo aquello por lo que la sociedad se ha levantado y se encuentra en una lucha constante por la libertad y la eliminación de la violencia de género. 

Debemos tener en cuenta los efectos psicológicos que conllevan experimentar dichas situaciones, situaciones que en muchas ocasiones generan un gran impacto en la víctima produciendo un cambio en la persona. Los efectos dependen del tipo de violencia que sufra, de la intensidad, de la intención, pero sobre todo de las características de la víctima y del agresor. Por lo general, la victima suele presentar una personalidad muy dañada, manifestando una gran inseguridad, un autoconcepto muy pobre, con cambios en el estado de ánimo, y un alto nivel de desconfianza hacia el otro. 

Por eso desde la psicología, debemos trabajar prestando apoyo para la adquisición y recuperación de habilidades y capacidades personales que permitan la autonomía y la integración en la vida social y educativa.  El desarrollo de la regulación emocional en estos casos es fundamental, el apoyo en la familia y en círculos cercanos ayuda a que la persona crezca y genera una gran cantidad de emociones positivas, sintiéndose mejor consigo misma y ayudando a su recuperación. 

Por otro lado, el principal camino que podemos construir para acabar con la violencia de género es la prevención desde la infancia. Generar un cambio global en la forma de ver las relaciones entre mujeres y hombres, un cuestionamiento de los roles sociales y estereotipados, del lenguaje, entre otras cosas. Se deben generar cambios que deben partir desde las personas adultas y desde los medios de comunicación, y que sean transmitidos a los niños y niñas desde el colegio y desde casa, tratando así de promover cierta responsabilidad en ambos sexos con actitudes favorables para el buen desarrollo de relaciones positivas, libres e igualitarias desde la adolescencia. 

Para finalizar, hay que tener en cuenta que muchas veces no nos percatamos de que estamos siendo víctimas de un tipo de violencia que suele pasar desapercibida, un tipo de violencia que a vistas de nuestra sociedad es sorda, muda e invisible. Una violencia que se respalda en el poder, en la dominación y en la coerción, que abarca desde el menosprecio y las vejaciones verbales hasta formas más sutiles como el control de la forma de vestir, de las amistades, de las actividades sociales, y el control por parte del agresor en las redes sociales y tecnologías. El maltrato psicológico suele ser el preludio del maltrato físico, es la forma que tiene el agresor de cerciorarse de que la víctima no se volverá en su contra. Por tanto, el maltrato psicológico no es ni menos grave, ni menos alarmante, sino que debería de ser un aviso de que algo no anda bien, servirnos para darnos cuenta y que no pase a mayores consecuencias, así que no tengas miedo y ponle un fin para tener un principio.

"Las cicatrices nos recuerdan donde hemos estado, pero no nos dictan hacía donde vamos"

Nikole Sosa Dámaso, Psicóloga

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