ECO Salud Mental : BLOG

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Cuando el cuerpo tiene razones que la razón no entiende

Escrito por ecopsicoterapia 11-04-2018 en Cuerpo y Mente. Comentarios (0)

¿Podré mañana levantarme  de la cama? ¿Podré mantener la compostura cuando esté en el trabajo sin que nadie se percate de que no puedo más? ¿Hasta cuándo tendré que aguantar esto?¿Ya no volveré a tener la actividad que tenía antes?¿Cómo explico a los demás que no es que no quiera sino que no puedo? Todas estas preguntas y muchas más le surgen a una persona con fibromialgia, desde el inicio de la enfermedad hasta el diagnóstico de la misma, y todas ellas ocasionan un gran sufrimiento y malestar a muchos niveles en la persona que la padece.

La fibromialgia fue reconocida por primera vez como enfermedad en 1992 por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y por diferentes organizaciones médicas internacionales como una enfermedad de causa desconocida; que se caracteriza por dolor muscular generalizado, no articular, que influye principalmente en las zonas musculares y en la columna vertebral, además de presentar hipersensibilidad en puntos concretos del cuerpo. Presenta un índice de incidencia entre un 2% y un 3% de la población general, con mayor predominio en mujeres que en hombres, ya que cerca del 90% de los casos de quienes la padecen son mujeres.

 Esta enfermedad se acompaña normalmente del síndrome de fatiga crónica, en el que la persona experimenta un profundo agotamiento y cansancio. Además de trastornos del sueño:problemas para poder conciliarlo o interrupciones del mismo durante la noche. Por otro lado, pueden tener problemas a nivel cognitivo como son las dificultades de concentración, anomia o problemas para retener la información. La fibromialgia supone un cambio muy significativo en la vida de la persona que la padece, ya que conlleva una afectación en su calidad de vida en todos los ámbitos que la abarcan, como es el laboral, personal y social. Si hay algo que ha caracterizado a esta enfermedad  es la incomprensión ante los ojos de la sociedad, ya que ha costado un largo camino llegar a su reconocimiento como entidad clínica en el ámbito sanitario, además del peregrinaje médico que el diagnóstico supone, y las luchas por la incapacidad laboral debido a las grandes limitaciones a las que se enfrentan estas personas para poder realizar su trabajo de manera eficiente.

 Aún queda mucho por hacer, ya que muchas personas siguen sin creer en su existencia puesto que no hay una causa orgánica demostrable que la justifique. Esto para la persona que la padece puede llegar a ser muy frustrante, llegando a  causarle una gran impotencia y desesperación.

Pero, ¿cómo se sienten estas personas ante  todo lo que conlleva su enfermedad? ¿Qué impacto a nivel psicológico supone? Y lo más importante: ¿Qué puede hacer un psicólogo para mejorar la calidad de vida de estos pacientes?

Desde el ámbito de la psicología se puede realizar una labor de vital relevancia, ya que es fundamental  para la persona con fibromialgia recibir ayuda y apoyo en todo lo que abarca el proceso y el impacto que supone en su vida la cronicidad de su enfermedad.  Conlleva una adaptación y aceptación de la misma puesto que tienen que convivir día a día con ella, con todo lo que eso supone. A todo esto pueden ir sumadas otras patologías médicas o psicológicas,  y determinados factores individuales, que pueden constituir un agravante para el sufrimiento y malestar que estas personas experimentan.

Dentro del impacto psicológico que supone para la persona el diagnóstico de fibromialgia, se plasma una clara respuesta emocional y cognitiva del paciente (Buckman, 1992). Con lo cual, nos encontramos con un gran trabajo por delante en el que nuestro acompañamiento es fundamental. Normalmente la persona se expone a un shock inicial ante la noticia y por ello puede expresar una negación a aceptar lo que le sucede o, por el contrario, al ponerle nombre a lo que llevan experimentando durante tanto tiempo les produce un gran alivio. Por otro lado, la culpa generada tras creer que le ha tocado esa enfermedad por haber hecho algo en su vida o haberlo dejado de hacer. O la culpa derivada del concepto del “éxito laboral” enormemente valorado por la sociedad; ya que muchas veces tienen que dejar de trabajar, hecho que desconcierta al resto -¿Cómo teniendo buen aspecto o buena cara no pueden seguir con la misma actividad que antes, y se pasan el día tumbados con una enfermedad no conocida?-. Se produce un duelo para el paciente por todas aquellas metas, capacidades físicas o intelectuales, retos o motivaciones de las que tienen que despojarse o no pueden realizar en la misma medida que esperaban. Por tanto, se produce un cambio en la proyección de futuro que tenían. También es importante el enfoque que adquieren al verse ante el rol de enfermo, la necesidad de controlar todo a su alrededor o las autolimitaciones que se imponen a sí mismos, así como el lenguaje acerca del dolor, ya que es algo subjetivo para cada persona, o el aprender a decir que “no”  y “escuchar su cuerpo” para evitar a tiempo el posterior malestar y la fatiga. Por otro lado, también conduce a la afectación de las relaciones familiares y personales que puedan originarse del desconocimiento de la enfermedad o lo que ocasiona en el paciente.

En esta enfermedad existe una unión muy relevante entre los aspectos físicos y psicológicos, debido a la cronicidad y al dolor que conlleva su padecimiento. El dolor constituye una experiencia subjetiva, en la que el componente afectivo y cognitivo es evidente, especialmente cuando se vuelve continuo a lo largo del tiempo, todavía no queda del todo esclarecido cómo afectan los factores psicológicos en el dolor pero sí se tiene la certeza de que no sólo es importante trabajar la aceptación del mismo, ya que hay otros factores que se encuentran relacionados con él que pueden lograr efectos positivos sobre éste (Maurel, 2011). Por tanto, el dolor y la fatiga crónica que viene en la mayor parte de los casos asociada a la enfermedad, influyen en todos los aspectos de la vida de la persona que los experimenta, como son: las relaciones interpersonales, las capacidades de afrontamiento ante las dificultades, los mecanismos de adaptación, las habilidades de comunicación...; así como en su percepción del mundo y su relación con el mismo.Todo esto puede llevar a que la persona manifieste aislamiento social, sentimientos de soledad, frustración, impotencia e incomprensión por parte de quienes le rodean.

Existen relaciones entre la fibromialgia y ciertas patologías mentales de las que se encuentran numerosas investigaciones y en las que la mayoría coinciden en  n los trastornos del estado de oman numerosas investigaciones que la relacionan estrechamente con los trastornos del estado de  su relación con los trastornos del estado de ánimo en su mayor medida, dada la asociación entre el dolor y la depresión, y otros aspectos que tienen que ver con las propias características de la enfermedad como el sueño o el cansancio. También se han realizado algunos estudios que confirman la relación de ciertos rasgos de personalidad con la fibromialgia como: autoestima baja, ira, alexitimia, inestabilidad, anhedonia, escasas habilidades de afrontamiento, tendencia al catastrofismo o pensamiento negativista (Fietta P, 2007). Son estos y otros muchos aspectos claves en el tratamiento desde la psicoterapia para el paciente con fibromialgia. Pero, ¿por qué todavía no hay más consciencia al respecto? ¿Por qué todavía muchas personas viven a la sombra con esta enfermedad?

Es importante aunar conocimientos desde todos los campos que la abarcan para así poder tener una visión global del paciente y poder ofrecerle una mayor calidad de vida y sobre todo, con la  atención necesaria a lo que realmente necesita. 

“El dolor y el cansancio siempre están presentes, no suelo mostrarlos ante la gente y a veces eso me hace sentir derrotada ante la vida, pero no consiguen que me rinda  porque sé que, al igual que ellos conviven en mí, tengo otras muchas cosas que me hacen seguir siendo yo y por las que sigue mereciendo la pena levantarme cada mañana” Anónimo.

Judit Hernández Gil, Psicóloga

Motivación en maratón

Escrito por ecopsicoterapia 24-03-2018 en Psicología Deportiva. Comentarios (0)

Cada año se suman más adeptos a esta práctica, y también cada año están mas patrocinados por diferentes organizaciones y/o marcas. El running se ha convertido en el deporte y actividad de tiempo libre con más adeptos en España, asociado con el exponencial crecimiento del running, creándose una importante demanda de equipamiento, tecnología, nutrición y cuidados específicos para el runner. El mercado responde a esta demanda al punto que las empresas de calzado y equipamiento deportivo han sido las que mayor crecimiento económico han experimentado en los últimos años. Ya no se trata sólo de hacer running, en algunas ocasiones, mostrarse con el equipamiento de última generación sin estar realmente motivado es lo que “motiva” a realizar este tipo de carreras. Vamos a pararnos a valorar la importancia que tiene cada elemento en nuestra vida.

En la relación a la psicología del deporte y la medicina del deporte, sería interesante estudiar la relación entre las motivaciones, intensidad de entrenamiento y lesiones, sobre todo en aquellas que ocurren por el sobreesfuerzo. Aprende de los demás, esto es, cuídate de las famosas lesiones, que también son muy numerosas y algunas pueden ser irreversibles. En un punto, la motivación por la salud es anulada por la competitividad de los corredores, que en algunos casos es una reacción a una necesidad de reconocimiento. Es importante estar motivado, debes de ser concreto y formular bien lo que te propongas: ¿qué me aporta caminar a paso rápido o correr? ¿Qué me aporta inscribirme a una maratón o media maratón? ¿Tengo los recursos adecuados? Entonces vamos a por ello, ponte una meta clara, y consíguelo. La meta no debería ser correr una Maratón concreta, sino la de entrenarse, disfrutar el proceso y, cuando estés listo, inscríbete y hazlo lo mejor que puedas. No importa que tengas los elementos más caros para poder realizarlo, unas buenas zapatillas y échate a la calle, ¡es gratis!

Hacer ejercicio, de cualquier tipo, nos reporta muchos beneficios psicológicos; Alivia la ansiedad, mejora las relaciones sociales, reduce el estrés, produce los elementos químicos de la felicidad (libera endorfinas), entre otras. Por lo tanto, esos días en los que terminamos agobiados del trabajo, del estudio, un día que no ha sido como esperábamos, el ejercicio físico podrá hacer que liberemos el estrés acumulado. Otro de los beneficios relacionados al deporte es que nos permite relacionarnos, pudiendo hacer grupos de deporte, generando nuevas relaciones con las que compartir otras aficiones, conversaciones y salir del círculo al que estamos habituados. Por si fuera poco y nos faltasen alicientes a nuestra motivación, son más que evidentes las mejoras en nuestra salud física -tan ligada a nuestra salud psíquica-, motivándonos a realizar cambios en los hábitos de vida que son menos saludables y a combatir el sedentarismo.

“La mayor sabiduría que existe es conocerse a uno mismo” Galileo Galilei.

Laura Suárez Otero, Psicóloga.

Así soy yo

Escrito por ecopsicoterapia 05-11-2017 en Psicología reflexiva. Comentarios (0)

 En tiempos en los que la autodeterminación política inunda nuestra prensa y conversaciones cotidianas me parece oportuno hablar de este pequeño gran país que todos tenemos y conocemos: nosotros mismos. En buena medida, siguiendo la analogía, nosotros mismos formamos un país integrado que está conformado por diferentes territorios o comunidades que representan diferentes partes de nosotros mismos. Estas partes conforman un sí mismo, una estructura superior a la personalidad -entendida como lo esencial-, que tienen la capacidad de interactuar con otros países-personas como un todo integrado y con cierta estabilidad temporal. Pero ¿y sí una parte de nosotros comienza un proceso de autodeterminación? Al igual que ocurre en política puede dar lugar a un proceso de diálogo y comprensión de nosotros mismos o puede dar comienzo una lucha hostil entre partes de nosotros, que pugnan por tener más fuerza. Estos procesos, que se dan de forma natural y sin demasiada atención plena por parte de la persona, se suelen resolver de manera estática -reafirmando cómo somos actualmente- o de manera dinámica -aceptando o cediendo al cambio-. Esta visión del ser humano y de sus construcciones meméticas, como los países, permite contemplar una construcción en parte activa de uno mismo en un entorno interactivo permitiendo la transformación ¡podemos cambiar! Pero permitir y perseguir el cambio, mientras que seguimos siendo nosotros mismos, es cuanto menos complejo. En buena parte es cierto que cada vez que cambiamos perdemos y ganamos cosas, y a su vez la transformación no tiene porque dar lugar a un nueva persona porque existen partes que tienen la capacidad de adaptarse sin perder su esencia -como el agua que toma diferentes formas y sigue siendo agua-.

                                        

"Viajar a vivir una cultura diferente siempre entraña numerosos desafíos, y quizás el más arduo consiste en cambiar para adaptarse, y al mismo tiempo poder seguir siendo uno mismo a niveles tan íntimos y recónditos de nuestro espíritu, que con dificultad podemos definirlos" Miguel Barona (Ecos cercanos: los clásicos y la cuestión étnica) 2007.

Las personas, según nuestro nivel psíquico, podemos integrar en nuestro sí mismo desde material sensoperceptivo hasta las más complejas narrativas y no somos inmunes a esta información  proveniente de nuestra interacción con nuestro entorno. Este material no influye de la misma manera todas nuestras partes pues existen algunas de ellas más sensibles a determinada información y esto favorece procesos autodeterministas. Entendamos la autodeterminación personal como la capacidad de la persona para poder ser lo que quiere ser y de esta manera ejercer un control sobre su entorno -y ruego al lector comparta por unos instantes esta utopía-. Hasta ahora hemos hablado del conflicto o resolución de las partes de un todo por lograr su parcela de protagonismo pero estos procesos también se ven entre dos todos, dos personas que en su búsqueda de autodeterminación se encuentran en una situación de adaptarse o reafirmarse. En estos conflictos todos hemos podido escuchar o incluso decir aquella frase de "así soy yo, o lo quieres o lo dejas" en todo un alarde de autoafirmación de nuestro sí mismo, y es que existe cierta sensación que al ceder o adaptarse perdemos una parte valiosa de nosotros mismos -que además se la entregamos a otro todo-, fortaleciéndole así. Esta sensación en buena medida sirve para consolidar defensivamente un todo integrado, inquebrantable, que no desea ni ve necesaria su adaptación pero ¿y sí deseamos cambiar? ¿Cómo cambiar sin perder una parte de nosotros mismos? Es una pregunta de difícil respuesta sin plantearnos primero ¿realmente queremos cambiar si tanto nos importa lo que vamos a perder?

  Saber cómo realmente somos es una tarea compleja y en constante evolución, pero tener cierta noción de esa esencia, de la que hablábamos, es el punto de partida para saber qué estamos dispuestos a perder y si aquello que íbamos a perder era realmente tan valioso para nosotros. Y es que si hablamos de países es parte de su esencia aceptar que para formarlo es necesario perder y que también forma parte de su esencia el anhelar y desear recuperar lo perdido, recuerden ser ustedes mismos.

Carlos Santiago López de Lamela Suárez, Psicólogo.

LA SALUD DEL PENSAMIENTO

Escrito por ecopsicoterapia 23-12-2016 en PSICOLOGIA COGNITIVA. Comentarios (0)

Pensar es algo inherente al ser humano, tan automático que quizás por ese motivo algunas personas no le dan la importancia que verdaderamente tiene. Desde hace algún tiempo una frase nos ronda y nos advierte, aunque su origen es mucho más antiguo de lo que creemos: “somos lo que pensamos”.  Yo me atrevería a decir que nuestra vida es el reflejo de las palabras que se cruzan por nuestra mente, de cómo pensamos.

Con el ritmo vertiginoso y estresante que muchos/as llevamos y el bombardeo voraz de estímulos a los que estamos expuestos actualmente,cada vez son más las personas que viven conectadas al mundo exterior pero desconectadas de sí mismas, no conscientes de cómo se hablan, cómo piensan, se relacionan y cómo sienten. Muchos/as no nos preocupamos de analizar nuestros pensamientos y creencias, ni nos tomamos unos minutos para comprobar si estos son realistas,  justos o no. Esto puede generar una serie de sentimientos, comportamientos y actitudes que pueden ser inadecuados e incluso dañinos para nosotros y para quienes nos rodean.

Es fundamental hacer un esfuerzo por detenernos, respirar profundamente  y atender a nuestro diálogo interno. 

El pensamiento es el lenguaje interno, el diálogo que mantenemos con nosotros/as mismos/as. Este auto-diálogo será el determinante de nuestros sentimientos y, consecuentemente, de nuestras conductas. Se adquiere involuntariamente, como resultado de las influencias familiares, de la educación, del entorno, en base a nuestras relaciones y a partir de las propias experiencias que vayamos teniendo a lo largo de la vida.

Si nos dejamos llevar por pensamientos disfuncionales difícilmente podremos manejar el estrés cotidiano y quedaremos más expuestos a conflictos y a problemas de salud tales como la ansiedad y la depresión, entre otros.

Basándonos en la Terapia Racional Emotiva y Conductual (TREC) de Albert Ellis, considerado padre de la psicología cognitiva,podríamos decir que existen cuatro categorías de pensamientos irracionales.Si bien es normal tenerlos lo preocupante sería “padecerlos” con demasiada intensidad o recurrencia y que pasen desapercibidos ante nosotros, camuflados de racionalidad. Resulta  recomendable tenerlos en cuenta y cuidarnos de ellos:

  1. CONDENAS: etiquetas descalificativas a uno mismo, del tipo “Soy un/a desastre, un/a inútil…”, y/o a los demás: “Son malas personas”.
  2. EXIGENCIAS o los conocidos  “deberías” o “tendría que…”, típicos de las personas exigentes consigo mismas y/o con los demás.
  3. CATASTROFISMOS o “terribilitis”: lenguaje interno y verbal que contiene en exceso elementos tales como: “terrible”, “horrible”, “fatal”, “muy mal”, “nefasto”, etc.
  4. B.T.F. (baja tolerancia a la frustración) síndrome deno soportantitis”): “No soporto…”, “No aguanto más…”, “Es demasiado…”, “No puedo con…”, etc.

Antídotos contra los pensamientos irracionales

Para luchar contra las condenas debemos evitar juzgar, tratar de ser concretos o justos, no valorar las circunstancias o las personas en términos dicotómicos (de blanco /negro, de todo/nada). Tener  en cuenta las conductas, los hechos y no extraer conclusiones globales o absolutas ni creer  que sabemos a ciencia cierta lo que alguien piensa, siente o cuáles son sus verdaderas intenciones. Evitar los términos absolutistas como “todo”, “nada”, “nunca”, “siempre”… nos beneficiará en este sentido porque su uso indiscriminado ¡siempre nos llevará a error!

En cuanto a los pensamientos de B.T.F. toca reflexionar: ¿realmente no soportamos a algo o a alguien? O, simplemente, ¿nos cuesta tolerar o nos resulta desagradable e incómodo? Si una mesa no soporta realmente el peso que sostiene se romperá  y caerá al suelo, ¿no? En lugar de caer en la queja improductiva, en el victimismo barato e incluso en la búsqueda de cabezas que cortar (culpabilizar) o en conductas de evitación de lo desagradable, será más realista y productivo el pensar/decirnos que si bien puede resultar complicado, somos capaces de tolerar, manejar y afrontar cualquier inconveniente.

¡Plantemos cara a los catastrofismos! Un subtipo muy frecuente es la llamada anticipación negativa(los “y si…”) que consiste en ponernos en lo peor  antes de tiempo.De ahí la importancia de no malgastar nuestras energías viviendo en el pasado ni en el futuro sino centrar nuestros esfuerzos en vivir el aquí y ahoray darle a cada cosa su justo valor y tamaño.

El antídoto contra las exigencias, tanto hacia nosotros/as mismos/as como hacia los demás, consiste en modificarlas por preferencias, deseos y gustos.“Me gustaría/me habría gustado que…”.

CONCLUSIÓN:

Podemos aprender a modificar nuestros pensamientos voluntariamente, sustituyendo aquellos que nos perjudican por otros más útiles y beneficiosos. En ningún caso estamos hablando de auto-engañarnos, sino más bien todo lo contrario, de pensar más acertadamente, de acuerdo a evidencias y no a suposiciones e interpretaciones, en función de una realidad más objetiva y no tan subjetiva.




Aprender a vivir con trastorno bipolar

Escrito por ecopsicoterapia 17-08-2016 en Trastorno bipolar. Comentarios (0)

¿Qué me ocurrirá a partir de ahora?

El trastorno bipolar, o trastorno del espectro bipolar como es llamado en la actualidad, agrupa a un conjunto de desórdenes mentales frecuentes en nuestros días que se muestran bastante diferentes en la forma en que se manifiestan. Su característica más notable es la inestabilidad que provoca en las emociones, en los pensamientos y en los comportamientos, que se experimentan en grados extremos y a menudo opuestos, hasta hacer dudar al que lo padece sobre quién es (¿soy el de los días buenos, malos o regular?) y sobre lo que el futuro le depara. Los periodos críticos pueden seguirse de fases de calma, con síntomas escasos o ausentes. Es habitualmente recurrente con cambios de ánimo inesperados y bruscos que sorprenden tanto al paciente como a sus allegados. Dos personas con este diagnóstico pueden no parecerse en exceso, lo que hace difícil su diagnóstico precoz, crea falsos estereotipos y obliga a personalizar los tratamientos para que resulten más efectivos. Con toda la complejidad que encierra cualquier trastorno psíquico, debemos insistir en que se trata de una enfermedad de base cerebral donde la persona afectada tiende por temporadas a mostrar oscilaciones en su manera de sentir su vida y facilidad para negar sus sentimientos internos, lo que le permite desconocer una parte de su realidad, o a exagerarla hasta sentirse abrumada por ellos. Le cuesta encontrar el punto “justo”, o “me paso o no llego a conectar con lo que me duele”.

El anuncio de padecer un trastorno bipolar no es fácil de encajar ¿Será un error? ¿Por qué yo? ¿Seguro que repetirá? ¿Si me encuentro bien, por qué debo continuar el tratamiento? ¿Por qué no olvidarme de esta historia si vuelvo a pensar y  a sentirme como antes? ¿Alguna vez me curaré? No va a ser sencillo el encontrar las respuestas apropiadas, pero hacerlo de forma adecuada es importante para alcanzar nuestro primer objetivo, el de convertirnos en una de esas personas que pese a sufrir un trastorno bipolar lo asumen con realismo y determinación para disfrutar de una buena calidad de vida. Se trata de aceptarlo como lo hacemos con otras contrariedades serias de la vida, creyendo en nuestras posibilidades pero aceptando con humildad que necesitaremos ayuda. El sustituir el “yo sólo puedo” por un “lo intentaremos juntos”  va a incrementar nuestras posibilidades de éxito. En este esfuerzo será muy útil contar con el máximo de apoyo profesional, familiar y social, y de este modo, ocuparnos del problema sin  dramatismos, pero sin “bajar la guardia, sin confiarnos. Tampoco se equivoque, su vida no puede girar sólo sobre su enfermedad, usted no es bipolar, tiene un trastorno bipolar que es algo bastante diferente.

El diagnóstico del trastorno bipolar no siempre es fácil, no contamos a día de hoy con  ninguna prueba médica que lo confirme, no puedo hacerme un scanner o una analítica y salir de dudas. En ciertos casos,  podrá asegurarse con certeza el diagnostico, pero en otros, se emitirá con carácter de probabilidad sin poder establecer su existencia. No olvidemos que la confirmación se basa en los síntomas y en estos momentos los profesionales de la salud mental pretendemos evitar la progresión de la enfermedad y por ello actuar de forma precoz cuando la sintomatología es muy leve. Cada vez más y esto es uno de las novedades que hemos introducido en los últimos años, intervenimos en formas iniciales, en niños y adolescentes. Aquí, como en otros problemas médicos, más vale actuar de forma precoz y evitar el daño antes de que se muestre con toda claridad. En todo caso, parece prudente de entrada, dada la trascendencia del diagnóstico y el tratarse de una condición que va a acompañar nuestra vida, poder ratificarlo con otro profesional, otro psiquiatra con cierta experiencia en bipolaridad. Pero una vez asentado este diagnóstico,  hay que trabajar y mucho para que uno mismo no se convierta en el principal escollo en el éxito del tratamiento. La buena noticia es que contamos y cada vez más, con tratamientos farmacológicos efectivos, que de poco servirán si no nos convertimos en aliados de la terapia. Aceptar que debo reconocer esta mala noticia, esta nueva condición mental en mi vida, me permitirá que la terapia farmacológica pueda brindarme todos sus frutos. Y los beneficios no los centraremos sólo en el presente, sino sobre todo en evitar recaídas, en alejar las fases de descompensación o si éstas se presentan, en minimizar sus consecuencias.

A día de hoy casi nadie duda sobre que los fármacos son el pilar básico e imprescindible del tratamiento, capaces de ofrecer en casi todos los casos de un grado creciente de estabilidad. Pero dar importancia a la farmacología no es olvidar la importancia de otros apoyos fundamentales, para crear en todos los casos un abordaje integral del problema, un plan global de tratamiento que incluya al paciente, a la familia, cuidadores y amigos. Todos tienen un importante papel y un camino que juntos deben recorrer. La terapia farmacológica, como decimos, es básica e imprescindible y ha cambiado felizmente el pronóstico, pero si nos quedamos sólo en eso podremos fracasar, entre otras razones porque el seguimiento del tratamiento, la continuidad del mismo en una enfermedad larga y caprichosa, donde aparecen largos periodos normalidad psíquica, puede ser muy bajo. La presencia de interrupciones en el tratamiento o su uso de modo incorrecto es el mayor predictor de una próxima recaída, que no se producirá de forma inmediata pero que llegará más pronto que tarde. Seguir el tratamiento de forma correcta y regular, es una tarea en la que el paciente se debe implicar activamente pero no la única. Conviene que el paciente desarrolle su capacidad de autoobservación sin caer en exageraciones, que aprenda a detectar posibles cambios en su estado de ánimo y en sus comportamientos, para hacer llegar esta información a su equipo terapéutico. Anotar por escrito estas variaciones en forma de diario o con la ayuda de alguna aplicación informática especialmente diseñada para este uso es otra manera de involucrarse de forma saludable en el tratamiento.

Un plan adecuado de tratamiento debe sumar otros abordajes valiosos. En esta línea, la terapia psicológica tiene  un papel indiscutible al marcar objetivos realistas, reducir las negaciones y los extremismos, buscar la aceptación y el compromiso, servir de apoyo en los momentos difíciles, alejar los sentimientos de soledad y abandono y contribuir, en resumen, a disminuir la fatiga por soportar esta nueva carga, la carga de vivir con el trastorno bipolar. La “mochila” en algunos momentos del proceso la podremos sentir demasiado pesada y debemos poder y saber compartirla. En este empeño  también debemos incluir a nuestro entorno próximo que inicialmente se encontrará desorientado y perplejo. Las  familias inicialmente se encuentran tan desorientadas como el propio paciente, carecen  de  información  sobre  la  enfermedad  y  de  pautas  de  manejo  de  situaciones conflictivas, por lo que se convierten también en víctimas del desconcierto, el enfado y la impotencia. Es fundamental, por tanto, involucrar a la familia en el tratamiento del  paciente  desde  el  principio,  y darle un papel activo.  De este modo, despejando malentendidos, podremos crear  nuevos  sistemas de apoyo, donde amigos y familiares establezcan estrategias de ayuda ante posibles situaciones de crisis.  Con ayuda profesional empezarán a comprender una enfermedad nada fácil, a entender que muchos comportamientos no son fruto de la mala fe. Poco a poco asumirán el papel de cuidadores  para momentos difíciles, pero a la vez,  ellos contarán con ayuda para aliviar sus sentimientos negativos, su cansancio e incertidumbre. El plan terapéutico buscará sumar cualquier ayuda sincera y coordinar los esfuerzos en la dirección de los objetivos terapéuticos marcados. Estos aspectos, que debieran formar parte de ese plan integral tan necesario, son frecuentemente descuidados por nuestros sistemas sanitarios, y provocan recaídas que podrían ser evitadas.  En este sentido, las Asociaciones de Pacientes pueden realizar una labor efectiva y reclamar mayores medios, y planes de tratamiento más completos. Sus grupos de autoayuda resultan muy útiles para convencer a un paciente reticente a pedir ayuda y pueden colaborar en tareas de información, prevención y cuidado en situaciones de crisis.

¿Debo cambiar algo en mi vida?

En cualquier enfermedad conviene crear unos hábitos de vida saludables, que son genéricos y de sobra conocidos, con reducción de estrés, una buena alimentación, realización de ejercicio físico y restricción de alcohol y drogas de abuso (especialmente estimulantes como la cocaína y las anfetaminas). Lo más característico de este plan diario se explica por la posible relación de esta enfermedad con los llamados ritmos circadianos, aquellos que se encargan de ajustar nuestras funciones vitales, como el comer y el dormir. Es aconsejable ser regulares en nuestras costumbres y crear rutinas que establezcan horarios constantes en nuestra jornada, especialmente en lo relativo al momento de levantarse y acostarse, pero también sobre alimentación, ejercicio y actividad intelectual. Los hábitos de sueño son los más importantes y no es conveniente dormirnos tarde o menos horas de las habituales. Las fases de descompensación suelen anunciarse con variaciones en nuestra forma de dormir, generalmente menos horas pero también, a veces, con mayor somnolencia. Sin obsesionarse como siempre, conviene caer en la cuenta y buscar remedio. En nuestras manos está no favorecerlo con horarios de sueño irregulares y alcanzar si podemos una media de siete horas. Inicialmente puede parecer un fastidio pero es posible disfrutar a otras horas y sin el uso de drogas. La idea es simple, luchar contra la inestabilidad propia del trastorno con la programación regular y rígida de unos hábitos de vida sanos.

¿Y en otros aspectos qué hacer? Tal vez lo más importante, tomarse las cosas con más calma, darnos un respiro, no caer en el exceso de autoexigencia, medirnos en nuestros esfuerzos, huir de “todo o nada”, aprender a aceptar nuestras limitaciones y las de los que se encuentran a nuestro lado. Aprender a vivir sin llegar a nuestros límites, saber esperar sin caer en la impaciencia, disfrutar sin excesos, saber buscar ayuda y relativizar la importancia de muchas cuestiones que parecen primordiales, nos hará más fácil alcanzar nuestro objetivo, el de tener un trastorno bipolar con un buen nivel de bienestar.