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Psicología reflexiva

Soñando dormidos

Escrito por ecopsicoterapia 19-05-2018 en Psicología reflexiva. Comentarios (0)

Soñar despiertos podría ser el eslogan de cualquier marca publicitaria, por el contrario, soñar dormidos retumba por redundante y casi por obvio. Intentemos no caer de primeras en la trampa, y permitámonos sumergirnos en el sueño como si soñásemos. La palabra “sueño” proviene del latín “sommus”, y anteriormente del griego “hypnos” que tenía su propia personificación en Hipnos. Este dios del sueño, hijo de Nix (personificación de la noche) y hermano de Tánatos (personificando la muerte no violenta) y Keres (muerte violenta), tuvo varios hijos entre ellos a Morfeo (representando a los sueños).  Podemos extraer de estas personificaciones que el sueño, los sueños, han formado parte importante de las preocupaciones y de la necesidad de explicación desde tiempos antiguos y que tiene relación con la noche y con la muerte –de hecho, hay veces que se hablaba de Hypnos y Tánatos como hermanos gemelos-. Por su parte Morfeo, hijo de Hipnos, se ha relacionado más con el propio contenido de los sueños –aunque no exclusivamente- y con su capacidad de transformación (morphe, forma), pudiendo aparecer con multitud de formas.  De esta manera se daba a entender que es diferente generar el estado de sueño (Hipnos) que tener sueños (Morfeo) y a su vez que el caer dormidos facilitaba la labor del soñar.

Hemos podido vislumbrar parte de la miga que compone el mundo del sueño, si nos llevamos las personificaciones griegas a la rica lingüística española nos encontramos que Hipnos sería el causante de caer en un estado soñoliento o somnoliento hasta dormirnos, y Morfeo el encargado del ensueño mientras se duerme (ilusión, fantasía, representación fantástica que ocurre mientras duermes). Si concebimos un hecho por error como ocurre en los sueños, pero estando despierto, hablaríamos de trasoñar por lo que parece que soñar se vincula lingüísticamente con la posibilidad de fallar o errar. Hemos llegado hasta la palabra errar, que proviene de errare, cuyo significado primario es andar errante, vagar o deambular sin rumbo.  Lo cierto es que Morfeo sí que tenía rumbo a perseguir por medio del sueño, aunque para el ensoñador fuese desconocido.

Abandonando una tendencia un tanto Junguiana, nos encontramos con las aportaciones psicopatológicas del asunto. Las alteraciones del sueño, conforman un amplísimo grupo que pueden ser agrupados en disomnias -entendidas como problemas de inicio o mantenimiento del sueño incluyendo la somnolencia excesiva-  y las parasomnias –comportamiento o fenómenos anormales que aparecen durante el sueño-. Siendo este artículo “soñar dormidos” damos por supuesto la condición de dormidos, pero ¿qué ocurre cuando no estamos ni despiertos ni dormidos? Este estado intermedio entre la vigilia y el sueño, es una tierra con más sombras que luces, que curiosamente desde orientaciones de corte místico se le ha llamado ensueño. Desde la Psicología, por ejemplo, existen terapias como la Hipnosis o el uso del Mindfullness que describen estados mentales que difícilmente son encuadrados en la vigilia o el sueño. En métodos de privación de sueño o en los que a la persona se le despierta justo al comenzar la fase MOR (REM) se detallan percepciones alucinatorias que tienden a confundirse con sueños. Desde la Psiquiatría existen cuadros descritos de alucinaciones –similares a sueños- durante la meditación y por ejemplo en la narcolepsia se experimenta con frecuencia ensoñaciones que habitualmente desde un marco “científico” llamamos alucinaciones hipnagógicas –alucinaciones antes del inicio del sueño, entre la vigilia y el sueño-. También existen sus primas hermanas, las alucinaciones hipnagónicas –entre el sueño y la vigilia-, pero ¿qué diferencia hay entre una alucinación y un sueño?  Pues parece que habitualmente si estamos dormidos, se designa sueño, y si estamos despiertos ya comienza a tener ciertos tintes alucinatorios (para el observador, al menos). Es tentador generar la hipótesis que los sueños puedan estar enmarcados en un estado entre la vigilia y el sueño –dormidos-, o que al menos este estado potencia la posibilidad de aparición de sueños… ¿Tendrá la biología algo que decir al respecto?

  Los estadios del sueño se dividen en dos etapas: NMOR (NO REM, de las siglas en inglés de Movimiento Oculares Rápidos) y MOR. La etapa NMOR se divide a su vez en tres o cuatro fases (según autores), el estadio MOR no posee otras divisiones. Los sueños se encuentran con mucha mayor frecuencia en la fase MOR, aunque ya en la última fase del sueño NMOR se pueden encontrar. Por tanto, para el presente artículo, nos va a interesar conocer algo mejor la fase MOR, por su estrecha relación con los sueños. El sueño de ondas rápidas (o MOR) se caracteriza por la fuerte disminución del tono muscular, el aumento de la actividad fisiológica y los característicos movimientos oculares rápidos que dan nombre al estadio. El tronco cerebral bloquea las neuronas motrices, pero nuestro cerebro está “despierto”, por lo que si todo marcha bien impide que recreemos conductualmente nuestros sueños. Se ha relacionado esta etapa con la consolidación de la memoria, con la maduración cerebral y con intrincados mecanismos de neurotransmisión y hormonales. Las relaciones de estas cuestiones sobre determinadas patologías, teorías evolutivas sobre el desarrollo cerebral o la mejora en el aprendizaje son muy numerosas, la importancia del sueño no deja indiferente a nadie. Para el caso que nos ocupa, por ejemplo, encajaría con el hecho de que a medida que cumplimos años el sueño MOR está menos presente y a su vez con la mayor prevalencia de los sueños –y sus trastornos- en etapas como la infancia y la adolescencia. Desde la neurofisiología se remarca la tendencia a pensar que para el cerebro las imágenes producidas en los sueños son reales ya que se emula una actividad cerebral propia del procesamiento en vigilia. Se puede hablar con alguna seguridad de la importancia de los sueños en el procesamiento y consolidación de información del día, en eventos almacenados en la memoria y sus posibles soluciones, en el mantenimiento de estimulación cerebral mientras se descasa o en la elaboración de nuevas conexiones neuronales. Esto último resulta relevante, pues se aprecia con cierta facilidad que los sueños no siguen habitualmente la misma lógica que empleamos en vigilia, nuestra lógica habitual se ha visto restringida dando lugar a un nuevo tipo de pensamiento. Nuestro cerebro no está dormido, podríamos asegurar que casi está despierto, pero tampoco termina de funcionar de la misma manera, lo cual puede llevarnos a pensar en lo creativos que podemos llegar a ser mientras soñamos.

¿Y cómo vivencia el ensoñador sus sueños? Porque a lo largo del presente artículo siento que el sujeto soñador se ha visto borrado en cierta medida, ¿hablamos de sueños o del que sueña?

Dentro de las perspectivas terapéuticas, el sueño se ha entendido con mayor frecuencia como: a) significado oculto que ha de descubrirse, b) carentes de significado, son productos desechables cuya función es otra secundaria y c) contenido caótico carente de significado durante el sueño, y que a posteriori –en vigilia- por intolerancia al caos se le da una explicación. Pero ¿el ensoñador no es el que vive el sueño? El sueño puede tener multitud de interpretaciones por parte del ensoñador, con mayor frecuencia suelo escuchar la vivencia del sueño como: a) elemento premonitorio, b) intrusivo o desagradable, c) carente de sentido o sin importancia, d) deseos o miedos tanto integrados como percibidos de material inconsciente, o e) revivencia de una experiencia pasada.  Tomemos el camino que prefiramos, incluso aquellas teorías más extravagantes que entienden el sueño como elemento introducido desde el exterior, lo que es innegable es que el sueño tiene que ver con nosotros. Ese material mostrado en el sueño, ya forma parte de nosotros desde que se mostró –y probablemente mucho antes- aunque no siempre se haya integrado con comodidad. Sea cual sea la perspectiva ¿por qué no abogar por su integración?

En muchas ocasiones percibimos el soñar despiertos como un acto voluntario en el que imaginamos escenarios o situaciones deseables que son agradables, mientras que cuando soñamos dormidos parece que perdemos el control sobre el contenido de los mismos. Es frecuente ver como, entre los pacientes, lo ilógico y caótico -que es propio del sueño- se percibe como síntoma de estar “loco” o enfermo.  Los sueños tienen otras reglas, se encuentran en otro estado y no es indicativo de una salud mental deteriorada que estos sean extravagantes o carentes de un sentido aparentemente racional. Como hemos podido ver, los sueños forman parte de nosotros y podríamos casi afirmar que hasta son positivos, el cómo se integren después de haberlos soñado es lo que, a mi juicio, puede provocar grandes beneficios para el ensoñador o suponer una verdadera angustia. Felices sueños.

Carlos Santiago López de Lamela Suárez, Psicólogo

Ser o no ser (neutral)

Escrito por ecopsicoterapia 24-04-2018 en Psicología reflexiva. Comentarios (0)

Es un hecho (y todos los profesionales de nuestro ámbito estarán de acuerdo conmigo) que de las habilidades más importantes como terapeutas/psicólogos están la empatía, el no juzgar y el legitimar los sentimientos y comportamientos de la otra persona que tenemos delante. Una vez aprendidas estas y otras habilidades, no por ello menos importantes, estarán inherentes en nosotros como personas. Formarán parte de nuestra forma de ser, por lo que será muy difícil separarlas de nuestra manera de relacionarnos con el resto del mundo. 

Hagamos hincapié en una de las habilidades nombradas: NO JUZGAR. En realidad, es una de las características del ser humano: el pensar y juzgar -“nuestras acciones”- es lo que nos diferencia del resto de los primates -la clave está en la palabra “nuestras”, en lugar de en las de los “demás”-. Al emitir un juicio de valor intervienen aspectos sociales y culturales que vamos aprendiendo a medida que vamos creciendo y desarrollando nuestra capacidad moral e intelectual y es lo que nos permite movernos y encajar o no en “nuestra sociedad”. En mi opinión es una de las habilidades terapéuticas más complicadas de desarrollar, dado que nosotros los psicólogos, personas al fin y al cabo, también tenemos nuestro propio sistema de valores y creencias. Con lo cual separarnos de ello en el entorno profesional se hace cuanto menos difícil. Así pues, en la medida en que somos conscientes de lo complicado que resulta el desvincularnos de nuestros prejuicios y en lugar de evitarlos los aceptamos como propios y no del otro/a, podremos reconducirlos y llegarán a aportarnos una de las mayores satisfacciones personales dentro de nuestro ejercicio profesional. 

Y ustedes se preguntarán: ¿qué tiene que ver eso con el ser o no ser (neutral)? Pues es sólo un ejemplo para desarrollar la idea principal de esta pequeña reflexión, con la que estoy segura hemos lidiado en algún momento de nuestro ejercicio como profesionales de la Psicología: “¿No juzgo cuando ejerzo mi papel de psicóloga y sí lo hago cuando no estoy en terapia?” Entendemos que con lo dicho anteriormente la neutralidad en cuanto a los juicios de valor dentro de la terapia se hace extremadamente difícil.

“La acomodación al prejuicio produce la calma de un saber rocoso, provinciano e incuestionable. Normalmente, el prejuicio no tiene conciencia de sí, no existe para el sujeto que lo porta. Resulta invisible como la misteriosa materia oscura del universo, o por el contrario, transparente, por excesivo y cotidiano y obvio. Sólo emerge, a la luz de la mirada del otro diferente. Es por tanto un hecho de naturaleza esencialmente interpersonal” (José M. Pinto, 2007). Por lo tanto, prefiero descubrirlos e identificarlos a través del otro/a, aceptarlos como míos y al exponerlos intentar que perturben lo menos posible el proceso terapéutico.

Estoy hablando de ser auténticos, ser sinceros con nosotros mismos, hablo de permitirnos a nosotros mismos ser quien somos. En este sentido, como seres humanos, es muy difícil “controlar” nuestros prejuicios durante la terapia. Es muy difícil que podamos separarnos en dos personas diferentes: la profesional psicóloga y la persona quien soy. 

La clave está en que SOY muchas cosas: mujer, nieta, hija, hermana, compañera, amiga, esposa, madre, PSICÓLOGA, mediadora, entre otros roles y papeles que desempeño en mi vida, pero ante todo “PERSONA”: con mi historia vital, mi manera del ver el mundo, mis valores y principios, ni mejores ni peores que los del resto, simplemente los míos, los que me hacen ser quien soy. Y no me levanto una mañana y como me cambio de ropa, cambio de rol, no dejo de ser madre o amiga por ser psicóloga. Todos y cada una de ellos me conforman a mí misma, mi identidad personal y profesional. Si dejara de lado alguno dejaría de ser YO. 

Ser libre. Ser… con y sin miedos. Ser imperfecta. Ser autocompasiva. Ser auténtica. Ser con el otro/a. Ser quien quiera ser cuando quiera ser.

SER PSICÓLOGA, SIENDO YO MISMA

Tamara Zorrilla García, Psicóloga

Así soy yo

Escrito por ecopsicoterapia 05-11-2017 en Psicología reflexiva. Comentarios (0)

 En tiempos en los que la autodeterminación política inunda nuestra prensa y conversaciones cotidianas me parece oportuno hablar de este pequeño gran país que todos tenemos y conocemos: nosotros mismos. En buena medida, siguiendo la analogía, nosotros mismos formamos un país integrado que está conformado por diferentes territorios o comunidades que representan diferentes partes de nosotros mismos. Estas partes conforman un sí mismo, una estructura superior a la personalidad -entendida como lo esencial-, que tienen la capacidad de interactuar con otros países-personas como un todo integrado y con cierta estabilidad temporal. Pero ¿y sí una parte de nosotros comienza un proceso de autodeterminación? Al igual que ocurre en política puede dar lugar a un proceso de diálogo y comprensión de nosotros mismos o puede dar comienzo una lucha hostil entre partes de nosotros, que pugnan por tener más fuerza. Estos procesos, que se dan de forma natural y sin demasiada atención plena por parte de la persona, se suelen resolver de manera estática -reafirmando cómo somos actualmente- o de manera dinámica -aceptando o cediendo al cambio-. Esta visión del ser humano y de sus construcciones meméticas, como los países, permite contemplar una construcción en parte activa de uno mismo en un entorno interactivo permitiendo la transformación ¡podemos cambiar! Pero permitir y perseguir el cambio, mientras que seguimos siendo nosotros mismos, es cuanto menos complejo. En buena parte es cierto que cada vez que cambiamos perdemos y ganamos cosas, y a su vez la transformación no tiene porque dar lugar a un nueva persona porque existen partes que tienen la capacidad de adaptarse sin perder su esencia -como el agua que toma diferentes formas y sigue siendo agua-.

                                        

"Viajar a vivir una cultura diferente siempre entraña numerosos desafíos, y quizás el más arduo consiste en cambiar para adaptarse, y al mismo tiempo poder seguir siendo uno mismo a niveles tan íntimos y recónditos de nuestro espíritu, que con dificultad podemos definirlos" Miguel Barona (Ecos cercanos: los clásicos y la cuestión étnica) 2007.

Las personas, según nuestro nivel psíquico, podemos integrar en nuestro sí mismo desde material sensoperceptivo hasta las más complejas narrativas y no somos inmunes a esta información  proveniente de nuestra interacción con nuestro entorno. Este material no influye de la misma manera todas nuestras partes pues existen algunas de ellas más sensibles a determinada información y esto favorece procesos autodeterministas. Entendamos la autodeterminación personal como la capacidad de la persona para poder ser lo que quiere ser y de esta manera ejercer un control sobre su entorno -y ruego al lector comparta por unos instantes esta utopía-. Hasta ahora hemos hablado del conflicto o resolución de las partes de un todo por lograr su parcela de protagonismo pero estos procesos también se ven entre dos todos, dos personas que en su búsqueda de autodeterminación se encuentran en una situación de adaptarse o reafirmarse. En estos conflictos todos hemos podido escuchar o incluso decir aquella frase de "así soy yo, o lo quieres o lo dejas" en todo un alarde de autoafirmación de nuestro sí mismo, y es que existe cierta sensación que al ceder o adaptarse perdemos una parte valiosa de nosotros mismos -que además se la entregamos a otro todo-, fortaleciéndole así. Esta sensación en buena medida sirve para consolidar defensivamente un todo integrado, inquebrantable, que no desea ni ve necesaria su adaptación pero ¿y sí deseamos cambiar? ¿Cómo cambiar sin perder una parte de nosotros mismos? Es una pregunta de difícil respuesta sin plantearnos primero ¿realmente queremos cambiar si tanto nos importa lo que vamos a perder?

  Saber cómo realmente somos es una tarea compleja y en constante evolución, pero tener cierta noción de esa esencia, de la que hablábamos, es el punto de partida para saber qué estamos dispuestos a perder y si aquello que íbamos a perder era realmente tan valioso para nosotros. Y es que si hablamos de países es parte de su esencia aceptar que para formarlo es necesario perder y que también forma parte de su esencia el anhelar y desear recuperar lo perdido, recuerden ser ustedes mismos.

Carlos Santiago López de Lamela Suárez, Psicólogo.