Transexualismo: A propósito de la “Chica Danesa”

Escrito por ecopsicoterapia 24-02-2016 en transexual. Comentarios (0)

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“La anatomía es el destino” (Freud, 1912)

“No se nace mujer, se llega a serlo” (Simone de Beauvoir, 1964).

“Entre el hombre y el amor está la mujer
 Entre el hombre y la mujer hay un mundo
 Entre el hombre y el mundo hay un muro” (Antoine Tudal)

Recientemente la película  “la chica danesa” reabre el enigmático tema  de los trastornos de la identidad sexual, al recrear la historia real de la pintora danesa Lili Elbe, la primera mujer transexual en someterse a una cirugía de reasignación de sexo. Su caso sirve de buena ilustración de los llamados trastornos de la identidad sexual, disforia de género o sexo cruzado, que incluyen un conjunto de comportamientos caracterizados por un sentimiento de disconformidad con respecto al sexo anatómico de referencia. Cuando este malestar es extremo se denomina transexualidad o transexualismo. En otros casos alcanza una intensidad menor, o se descubre más que un rechazo frontal, una falta o vacio en su identidad, que parece alejarse de la lógica de la oposición sexual –varón/mujer.

Aunque los límites no son siempre precisos, y su naturaleza es diferente en el varón y la mujer, debe distinguirse del hermafroditismo es la condición de una persona que presenta de forma simultánea características sexuales físicas masculinas y femeninas, en grados variables, por un lado y del travestismo y homosexualidad por el otro. Stoller (1968) caracteriza gráficamente el rechazo transexual en el varón como el de “un hombre que es ella renegando tanto del sexo masculino como del órgano peneano que lo representa” (el caso de Lili), a diferencia del travesti que es “sostenido por un hombre que quiere ser ella” (quizás la primera fase de la película en que “juega”  a vestirse de mujer) y del  homosexual que representa “la manera en que un hombre quiere tener a otro hombre”. Estos dos últimos -travesti y homosexual-no desconocen su sexo en tanto de varón y no reniegan del pene, sino que gozan a través de él (Millot. 1983). Pero las discrepancias distan mucho de ser tan manifiestas y la orientación sexual poco ayuda a esclarecer el espectro de las variantes de la identidad sexual. Los que se sienten varones pueden sentirse atraídos por varones y/o mujeres, y lo mismo sucede para los que se sientes mujeres, usándose la denominación de androfílico (atracción a varones) y/o no-androfílico. En otros casos podemos observar una falta de desarrollo en la identidad sexual que arrastra a desconocer su propia identidad y el correspondiente deseo en su orientación de pareja.

¿Qué se esconde tras este amplio repertorio de conductas? Como ya anticipábamos en la introducción, estas variantes constituyen una magnífica e indiscreta ventana para repensar el complejo rompecabezas de la identidad  sexual.

Ciertamente conocemos más de los niños que sienten ser niñas que del fenómeno inverso, con la impresión generalizada de que en el varón este rompecabezas está más anclado en el “yo corporal” que en la mujer. Las transexuales inicialmente mujeres son menos frecuentes. Los varones son bebés descritos como especialmente bellos y gráciles, a diferencia de las niñas que suelen ser descritas como poco atractivas. El 50% se vestían ya a los 3 años con ropas no acordes con su género, y el 90% a los 5 años (Ruble y Martin, 1998).

  Su comportamiento sexual como hemos indicado es desigual, pues al igual que la población no transexual puede ser heterosexual, homosexual, bisexual o asexual. La lógica binaria varón/mujer nos haría pensar en una correspondencia entre identidad y orientación sexual que en la práctica no siempre se confirma.

SOBRE LA IDENTIDAD SEXUAL

  La identidad tiene que ver con ese ¿quién soy yo?, con aquello que es idéntico a sí mismo a pesar de los cambios (Erickson), con la unidad (Green) que asegura la existencia en un estado separado. En el caso del núcleo de la identidad sexual se percibe como característica básica su énfasis en la vivencia corporal y en el reconocimiento de nuestra imagen corporal, donde el cuerpo se convierte en el espejo del mundo.

  En El Yo y el Ello (1923), Freud plantea que el yo es ante todo un ser corpóreo, donde el propio cuerpo y, sobre todo, la superficie del mismo, sirve de origen simultáneamente a percepciones externas e internas. La piel del bebé es objeto del amor y el deseo de la madre. El alimento y los cuidados se acompañan de contactos piel a piel, generalmente agradables, que sitúan los placeres de piel como telón de fondo habitual de los placeres sexuales. Estos se localizan en ciertas zonas eréctiles o en ciertos orificios donde la capa superficial de la epidermis es más delgada, por lo que el contacto directo con la mucosa desencadena una sobreexcitación. El Yo-piel cumple la función de superficie de sostén de la excitación sexual, superficie en la que se pueden localizar zonas erógenas, reconocer la diferencia de sexos y buscar su goce. El ejercicio de esta función puede ser autosuficiente: el Yo-piel capta la carga libidinal en toda su superficie y se convierte en una envoltura de excitación sexual global.

  La diferencia nos conduce a la identidad. Freud se ha ocupado de la diferencia sexual rindiéndola condición fundamental de la subjetividad humana. Su indagación sobre el hombre y la mujer muestra a lo largo de su obra un progresivo completamiento, con un sentido de inacabado que el propio autor parece interesado en remarcar. Para Freud, la diferencia sexual es el resultado de la elaboración por parte del sujeto de la diferencia sexual anatómica. Fue el primero en advertirnos que "Es indispensable dejar en claro que los conceptos de masculino y femenino, que tan unívocos parecen a la opinión corriente, en la ciencia se cuentan entre los más confusos y deben descomponerse al menos en tres direcciones. Se los emplea en el sentido de actividad y pasividad, o en el sentido biológico, o en el sociológico" (Freud, 1905, p.200). Y poco después al desarrollar estos sentidos explicita: “…Esta observación muestra que en el caso de los seres humanos no hallamos una virilidad o una feminidad puras en sentido psicológico ni en sentido biológico. Más bien, todo individuo exhibe una mezcla de su carácter sexual biológico con rasgos biológicos del otro sexo, así como una unión de actividad y pasividad, tanto en la medida en que estos rasgos de carácter psíquico dependen de los biológicos, cuando en la medida en que son independientes de ellos”.

Freud insiste firmemente en la condición bisexual de todo ser humano y en la identificación inicial con la madre, con la mujer completa. Sólo tras alcanzar la conflictiva edípica se engendra una estructura de doble sentido, con  metas activa y pasiva, y con ello, a la presencia simultánea de  las actitudes masculina y  femenina en los niños/as. Lejos de lo que a veces se repite, no une irremisiblemente la castración con el psiquismo de las mujeres, sino que hace de la castración condición ineludible de la subjetividad, del ser. Los caminos de varones y mujeres serán tan diversos como singulares y lo decisivo será el posicionamiento de cada sujeto ante la diferencia sexual que no debe traducirse unívocamente por la simple diferencia anatómica. Será un camino siempre singular, de presencias y vacios, de límites y omnipotencias.

  Otras corrientes han señalado aspectos clave en el desarrollo de la identidad sexo-genérica. Los varones parecen más vulnerables que las niñas durante el proceso de construcción de su identidad sexo-genérica (Badinter, 1992; Pittman, 1990; Tremblay, 1999). El proceso comienza de forma  temprana cuando el niño se identifica con el cuidador principal, que suele ser su madre natural. A los dos años ya es capaz de representarse a sí mismo como un hombre, y deja de identificarse con su madre (Badinter, 1992; Pollack, 1998) por lo que rechaza muchos elementos femeninos de su personalidad para empezar a construir su masculinidad. El rechazo de esta identificación temprana exige una ruptura con la madre (Marcelli, 1989), que es particularmente difícil para los niños; hace lo que Rowan (1997) llama la herida masculina; e inicia un duelo (Bégouin-Guignard, 1988) que será facilitado por el padre si está física y emocionalmente presente. Estudios empíricos han demostrado que hombres y niños se ven obligados a respetar los estereotipos de género más que las niñas (Maccoby, 1987) aun cuando estos estereotipos hayan sido fuertemente criticados por la sociedad. Contravenir los estereotipos sexuales en la edad adulta acarrea una condena social más enérgica para los hombres que para las mujeres.

  Por último y de forma sucinta vamos a señalar algunas aportaciones cognitivas que nos permitirán sopesar lo expuesto hasta el momento. En el estudio de Clearfield (2006) se muestra que la interacción verbal es diferente en las madres con los niños/as, con mayor implicación con las niñas que con los niños desde los 6 meses de vida (más diálogos comprensivos dirigidos a las hijas y más instrucciones a los hijos). La discriminación de voces de varón-mujer se inicia sobre los 12 meses de vida (Poulin-Dubois, 1998) y la habilidad para categorización de etiquetas sexo-genéricas es un hecho sobre los 19 meses con una mayor aunque modesta precocidad en el caso de las niñas (Zosuls, 2009). La evidencia de sesgo sexo-genérico en el juego es algo más tardío, con pequeñas diferencias a los 17 meses que se hacen evidentes a los 21 meses (Zosuls, 2009). ). Los niños varones son mucho más frágiles que las niñas en el proceso de construcción de su identidad de género.

RECAPITULACIÓN 

  Nos llega el momento de recapitular y preguntarnos de nuevo por la escurridiza identidad sexo-genérica. ¿Qué podemos sostener desde los conocimientos actuales?

  Desde el registro biológico, el enigma, aunque complejo, no es sólo describir las diferencias cerebrales en la  controvertida diferencia sexual sino sobre todo mostrar cómo se transcribe esta diferencia en la constitución del sujeto. La naturaleza prima el encuentro primordial entre dos individuos sexualmente diferenciados y apuesta con firmeza para que la diferencia sea motor de unión. En el registro de lo psicológico “de la diferencia, fruto de la amputación de la unidad inicial surge la identidad”, por lo que ansiamos volver a la unidad pretérita, donde el vínculo, el amor, nos arrastrarán por esta senda. Biología y psicología se dan la mano en esa hermosa dualidad de apego-vínculo donde lo biológico apoya el inicio de procesos singulares signados inicialmente por la atracción, como paso a sucesivas identificaciones distintivas y singulares.

  Nuestra identidad, también la sexo-genérica, se cimienta en nuestras identificaciones, tanto primaria como secundarias. Nos identificamos con aquellos seres con los que nos vinculamos, nos apegamos, y en los que el amor opera como ligadura inagotable. La neurobiología del apego apunta a que diversas áreas cerebrales como la corteza del cíngulo prefrontal, el área medial preóptica y la parte ventral del lecho de la estría terminalis, están implicadas en la conducta inicial de apego de la madre, al tratarse de áreas que son activadas por los picos iniciales de oxitocina y prolactina y cuya lesión se ha relacionado con la pérdida de motivación materna. Tanto las hormonas oxitocina como la vasopresina, presentes en la leche materna, se han mostrado como neuromoduladores claves para estrechar el vínculo madre-hijo. En este sentido, proponemos que el registro biológico se constituye en facilitador de vínculos o apegos privilegiados que en su inicio interactuarían en la simbiosis función materna-bebé y que provocarían la singularidad en la identificación primaria, cimiento de la futura identidad. Decididamente la apuesta  por el apego es más firme en el caso de la mujer, donde sus núcleos muestran mayor desarrollados La neurobiología del apego, del vínculo, se nos antoja como un campo pujante que creemos enormemente prometedor.

  Y la madre, primer objeto amoroso para el niño/a, sigue operando aliada a la biología. Sus caricias, sus cuidados van descubriendo e invistiendo el cuerpo del bebé para hasta hacerlo sentir como propio y alcanzar una identidad corporal sin rechazos o vacíos, donde la madre hará nuevamente de espejo de sus genitales alentando el mensaje de “soy porque me tocas”. En esta primera identificación materna, los genitales podrán ser incorporados o no gozosamente, rechazados o ignorados. Sobre ese entramado de  presencia/falta emergerá el yo corporal como cimiento de la identidad sexo-genérica. Ya hemos reseñado en la línea de Chodorow que la comunicación materna muestra sesgos diferenciadores en el niño/niña, pues la madre mayoritariamente se percibe con más semejanza en la niña que en el niño. Mientras que la mujer sea eje de la función materna algunas singularidades de esta primera identificación primaria, de lo “femenino- masculino” podrían analizarse por esta vía. ¿Sentirían lo mismo los varones?

Sin duda, las diferencias en la identidad sexual ponen en evidencia nuestros escasos conocimientos actuales y la ignorancia sobre aquello que mueve el que nos identifiquemos como mujeres o varones. Con el mayor respeto y humildad debemos todos acercarnos a esta problemática y alentar la mayor libertad para compartir con ellos su dolor.