ECO Salud Mental : BLOG

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Ser o no ser (neutral)

Escrito por ecopsicoterapia 24-04-2018 en Psicología reflexiva. Comentarios (0)

Es un hecho (y todos los profesionales de nuestro ámbito estarán de acuerdo conmigo) que de las habilidades más importantes como terapeutas/psicólogos están la empatía, el no juzgar y el legitimar los sentimientos y comportamientos de la otra persona que tenemos delante. Una vez aprendidas estas y otras habilidades, no por ello menos importantes, estarán inherentes en nosotros como personas. Formarán parte de nuestra forma de ser, por lo que será muy difícil separarlas de nuestra manera de relacionarnos con el resto del mundo. 

Hagamos hincapié en una de las habilidades nombradas: NO JUZGAR. En realidad, es una de las características del ser humano: el pensar y juzgar -“nuestras acciones”- es lo que nos diferencia del resto de los primates -la clave está en la palabra “nuestras”, en lugar de en las de los “demás”-. Al emitir un juicio de valor intervienen aspectos sociales y culturales que vamos aprendiendo a medida que vamos creciendo y desarrollando nuestra capacidad moral e intelectual y es lo que nos permite movernos y encajar o no en “nuestra sociedad”. En mi opinión es una de las habilidades terapéuticas más complicadas de desarrollar, dado que nosotros los psicólogos, personas al fin y al cabo, también tenemos nuestro propio sistema de valores y creencias. Con lo cual separarnos de ello en el entorno profesional se hace cuanto menos difícil. Así pues, en la medida en que somos conscientes de lo complicado que resulta el desvincularnos de nuestros prejuicios y en lugar de evitarlos los aceptamos como propios y no del otro/a, podremos reconducirlos y llegarán a aportarnos una de las mayores satisfacciones personales dentro de nuestro ejercicio profesional. 

Y ustedes se preguntarán: ¿qué tiene que ver eso con el ser o no ser (neutral)? Pues es sólo un ejemplo para desarrollar la idea principal de esta pequeña reflexión, con la que estoy segura hemos lidiado en algún momento de nuestro ejercicio como profesionales de la Psicología: “¿No juzgo cuando ejerzo mi papel de psicóloga y sí lo hago cuando no estoy en terapia?” Entendemos que con lo dicho anteriormente la neutralidad en cuanto a los juicios de valor dentro de la terapia se hace extremadamente difícil.

“La acomodación al prejuicio produce la calma de un saber rocoso, provinciano e incuestionable. Normalmente, el prejuicio no tiene conciencia de sí, no existe para el sujeto que lo porta. Resulta invisible como la misteriosa materia oscura del universo, o por el contrario, transparente, por excesivo y cotidiano y obvio. Sólo emerge, a la luz de la mirada del otro diferente. Es por tanto un hecho de naturaleza esencialmente interpersonal” (José M. Pinto, 2007). Por lo tanto, prefiero descubrirlos e identificarlos a través del otro/a, aceptarlos como míos y al exponerlos intentar que perturben lo menos posible el proceso terapéutico.

Estoy hablando de ser auténticos, ser sinceros con nosotros mismos, hablo de permitirnos a nosotros mismos ser quien somos. En este sentido, como seres humanos, es muy difícil “controlar” nuestros prejuicios durante la terapia. Es muy difícil que podamos separarnos en dos personas diferentes: la profesional psicóloga y la persona quien soy. 

La clave está en que SOY muchas cosas: mujer, nieta, hija, hermana, compañera, amiga, esposa, madre, PSICÓLOGA, mediadora, entre otros roles y papeles que desempeño en mi vida, pero ante todo “PERSONA”: con mi historia vital, mi manera del ver el mundo, mis valores y principios, ni mejores ni peores que los del resto, simplemente los míos, los que me hacen ser quien soy. Y no me levanto una mañana y como me cambio de ropa, cambio de rol, no dejo de ser madre o amiga por ser psicóloga. Todos y cada una de ellos me conforman a mí misma, mi identidad personal y profesional. Si dejara de lado alguno dejaría de ser YO. 

Ser libre. Ser… con y sin miedos. Ser imperfecta. Ser autocompasiva. Ser auténtica. Ser con el otro/a. Ser quien quiera ser cuando quiera ser.

SER PSICÓLOGA, SIENDO YO MISMA

Tamara Zorrilla García, Psicóloga

Cuando el cuerpo tiene razones que la razón no entiende

Escrito por ecopsicoterapia 11-04-2018 en Cuerpo y Mente. Comentarios (0)

¿Podré mañana levantarme  de la cama? ¿Podré mantener la compostura cuando esté en el trabajo sin que nadie se percate de que no puedo más? ¿Hasta cuándo tendré que aguantar esto?¿Ya no volveré a tener la actividad que tenía antes?¿Cómo explico a los demás que no es que no quiera sino que no puedo? Todas estas preguntas y muchas más le surgen a una persona con fibromialgia, desde el inicio de la enfermedad hasta el diagnóstico de la misma, y todas ellas ocasionan un gran sufrimiento y malestar a muchos niveles en la persona que la padece.

La fibromialgia fue reconocida por primera vez como enfermedad en 1992 por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y por diferentes organizaciones médicas internacionales como una enfermedad de causa desconocida; que se caracteriza por dolor muscular generalizado, no articular, que influye principalmente en las zonas musculares y en la columna vertebral, además de presentar hipersensibilidad en puntos concretos del cuerpo. Presenta un índice de incidencia entre un 2% y un 3% de la población general, con mayor predominio en mujeres que en hombres, ya que cerca del 90% de los casos de quienes la padecen son mujeres.

 Esta enfermedad se acompaña normalmente del síndrome de fatiga crónica, en el que la persona experimenta un profundo agotamiento y cansancio. Además de trastornos del sueño:problemas para poder conciliarlo o interrupciones del mismo durante la noche. Por otro lado, pueden tener problemas a nivel cognitivo como son las dificultades de concentración, anomia o problemas para retener la información. La fibromialgia supone un cambio muy significativo en la vida de la persona que la padece, ya que conlleva una afectación en su calidad de vida en todos los ámbitos que la abarcan, como es el laboral, personal y social. Si hay algo que ha caracterizado a esta enfermedad  es la incomprensión ante los ojos de la sociedad, ya que ha costado un largo camino llegar a su reconocimiento como entidad clínica en el ámbito sanitario, además del peregrinaje médico que el diagnóstico supone, y las luchas por la incapacidad laboral debido a las grandes limitaciones a las que se enfrentan estas personas para poder realizar su trabajo de manera eficiente.

 Aún queda mucho por hacer, ya que muchas personas siguen sin creer en su existencia puesto que no hay una causa orgánica demostrable que la justifique. Esto para la persona que la padece puede llegar a ser muy frustrante, llegando a  causarle una gran impotencia y desesperación.

Pero, ¿cómo se sienten estas personas ante  todo lo que conlleva su enfermedad? ¿Qué impacto a nivel psicológico supone? Y lo más importante: ¿Qué puede hacer un psicólogo para mejorar la calidad de vida de estos pacientes?

Desde el ámbito de la psicología se puede realizar una labor de vital relevancia, ya que es fundamental  para la persona con fibromialgia recibir ayuda y apoyo en todo lo que abarca el proceso y el impacto que supone en su vida la cronicidad de su enfermedad.  Conlleva una adaptación y aceptación de la misma puesto que tienen que convivir día a día con ella, con todo lo que eso supone. A todo esto pueden ir sumadas otras patologías médicas o psicológicas,  y determinados factores individuales, que pueden constituir un agravante para el sufrimiento y malestar que estas personas experimentan.

Dentro del impacto psicológico que supone para la persona el diagnóstico de fibromialgia, se plasma una clara respuesta emocional y cognitiva del paciente (Buckman, 1992). Con lo cual, nos encontramos con un gran trabajo por delante en el que nuestro acompañamiento es fundamental. Normalmente la persona se expone a un shock inicial ante la noticia y por ello puede expresar una negación a aceptar lo que le sucede o, por el contrario, al ponerle nombre a lo que llevan experimentando durante tanto tiempo les produce un gran alivio. Por otro lado, la culpa generada tras creer que le ha tocado esa enfermedad por haber hecho algo en su vida o haberlo dejado de hacer. O la culpa derivada del concepto del “éxito laboral” enormemente valorado por la sociedad; ya que muchas veces tienen que dejar de trabajar, hecho que desconcierta al resto -¿Cómo teniendo buen aspecto o buena cara no pueden seguir con la misma actividad que antes, y se pasan el día tumbados con una enfermedad no conocida?-. Se produce un duelo para el paciente por todas aquellas metas, capacidades físicas o intelectuales, retos o motivaciones de las que tienen que despojarse o no pueden realizar en la misma medida que esperaban. Por tanto, se produce un cambio en la proyección de futuro que tenían. También es importante el enfoque que adquieren al verse ante el rol de enfermo, la necesidad de controlar todo a su alrededor o las autolimitaciones que se imponen a sí mismos, así como el lenguaje acerca del dolor, ya que es algo subjetivo para cada persona, o el aprender a decir que “no”  y “escuchar su cuerpo” para evitar a tiempo el posterior malestar y la fatiga. Por otro lado, también conduce a la afectación de las relaciones familiares y personales que puedan originarse del desconocimiento de la enfermedad o lo que ocasiona en el paciente.

En esta enfermedad existe una unión muy relevante entre los aspectos físicos y psicológicos, debido a la cronicidad y al dolor que conlleva su padecimiento. El dolor constituye una experiencia subjetiva, en la que el componente afectivo y cognitivo es evidente, especialmente cuando se vuelve continuo a lo largo del tiempo, todavía no queda del todo esclarecido cómo afectan los factores psicológicos en el dolor pero sí se tiene la certeza de que no sólo es importante trabajar la aceptación del mismo, ya que hay otros factores que se encuentran relacionados con él que pueden lograr efectos positivos sobre éste (Maurel, 2011). Por tanto, el dolor y la fatiga crónica que viene en la mayor parte de los casos asociada a la enfermedad, influyen en todos los aspectos de la vida de la persona que los experimenta, como son: las relaciones interpersonales, las capacidades de afrontamiento ante las dificultades, los mecanismos de adaptación, las habilidades de comunicación...; así como en su percepción del mundo y su relación con el mismo.Todo esto puede llevar a que la persona manifieste aislamiento social, sentimientos de soledad, frustración, impotencia e incomprensión por parte de quienes le rodean.

Existen relaciones entre la fibromialgia y ciertas patologías mentales de las que se encuentran numerosas investigaciones y en las que la mayoría coinciden en  n los trastornos del estado de oman numerosas investigaciones que la relacionan estrechamente con los trastornos del estado de  su relación con los trastornos del estado de ánimo en su mayor medida, dada la asociación entre el dolor y la depresión, y otros aspectos que tienen que ver con las propias características de la enfermedad como el sueño o el cansancio. También se han realizado algunos estudios que confirman la relación de ciertos rasgos de personalidad con la fibromialgia como: autoestima baja, ira, alexitimia, inestabilidad, anhedonia, escasas habilidades de afrontamiento, tendencia al catastrofismo o pensamiento negativista (Fietta P, 2007). Son estos y otros muchos aspectos claves en el tratamiento desde la psicoterapia para el paciente con fibromialgia. Pero, ¿por qué todavía no hay más consciencia al respecto? ¿Por qué todavía muchas personas viven a la sombra con esta enfermedad?

Es importante aunar conocimientos desde todos los campos que la abarcan para así poder tener una visión global del paciente y poder ofrecerle una mayor calidad de vida y sobre todo, con la  atención necesaria a lo que realmente necesita. 

“El dolor y el cansancio siempre están presentes, no suelo mostrarlos ante la gente y a veces eso me hace sentir derrotada ante la vida, pero no consiguen que me rinda  porque sé que, al igual que ellos conviven en mí, tengo otras muchas cosas que me hacen seguir siendo yo y por las que sigue mereciendo la pena levantarme cada mañana” Anónimo.

Judit Hernández Gil, Psicóloga